Las semifinales del Mundial son un escenario que no perdona. Ya no hay espacio para esconder defectos ni para administrar virtudes. Francia y España llegan a esta instancia con una misma incomodidad: nadie puede señalar cuál fue su gran partido en el torneo. Ambos han ganado todo lo que debían ganar y han justificado, al menos en los resultados, su condición de favoritos. Pero la sospecha persiste. ¿Dominaron realmente el torneo o simplemente nunca encontraron un rival capaz de discutirles el libreto?

Francia convirtió la eficacia en una forma de gobierno. Golpea, administra y duerme el partido antes de que el rival entienda qué ocurrió. Jamás fue realmente exigida. España, por su parte, eligió un camino todavía más irritante. No busca deslumbrar, sino agotar. Hace circular la pelota hasta que el contrario deja de correr, de creer y, finalmente, de defender bien. Es un método brillante y profundamente aburrido. Tampoco encontró quien le arrebatara el monopolio de la posesión. Eso debe terminar hoy.

Quizá descubramos que Francia sí guardaba una versión superior. Quizá comprobemos que España también sabe atacar cuando el partido se rompe. O tal vez ocurra algo mucho más inquietante: que llevamos semanas esperando equipos que nunca existieron. Porque el verdadero riesgo de los favoritos no es jugar mal. Es que llegue el día de demostrar todo lo que el mundo les atribuyó... y descubran que no tenían nada más para ofrecer. Hasta aquí, Francia y España jugaron el Mundial. Mañana, por fin, tendrán que explicarlo.

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