En el Teatro Racional de Barranco, el dramaturgo y director David Carrillo presenta “Los cuatro letras”, una obra que nació de dos motivaciones muy personales: un homenaje a los dos años que vivió en Estudios Generales —“un espacio absolutamente fundacional” que las universidades reducen cada vez más— y la historia de su tío Marcelo, hermano de su madre, quien sufrió una hemiplejia y una afasia alrededor de los treinta años y vivió décadas con esa condición. “Curiosamente, mi vínculo con él era muy especial”, recuerda Carrillo.

La trama sigue a cuatro amigos que se reencuentran después de muchos años. Entre recuerdos, confidencias y viejas complicidades, el reencuentro pone sobre la mesa la condición de salud de Abel, un personaje que vive con afasia y solo puede comunicarse mediante palabras de dos sílabas. “Ahí apareció otra capa muy personal”, explica el dramaturgo. “Pensé: tal vez Abel puede tener una condición parecida. No quería caer ni en la caricatura ni en la burla. La obra tiene mucho humor, pero necesitaba que la enfermedad estuviera tratada con mucha humanidad”.

A partir de un tablero de Scrabble, Carrillo construye una historia que explora el valor de la amistad, la familia, el paso del tiempo y el peso que tienen las palabras —y también los silencios— en nuestras vidas. “El juego terminó convirtiéndose en una forma muy bonita de hacer conversar a los personajes. Me di cuenta de que estaba hablando de lo difícil que se ha vuelto reconectar con los demás”, detalla. En conversación con Correo, el director comparte el proceso creativo detrás de una obra que invita al público a completar el significado de la historia desde su propia experiencia y que resuena mucho después de que cae el telón.

Más allá de la amistad, “Los cuatro letras” habla de una familia elegida...

Carrillo explica que no quería que el reencuentro de los personajes fuera solo un ejercicio de nostalgia. Su interés era preguntarse qué quedó de esas personas tantos años después, qué cambió, qué permanece y “qué cosas seguimos cargando sin haberlas dicho nunca”. La obra, más que sobre las palabras, termina siendo sobre reencontrarse y, para el dramaturgo, la palabra clave es “reconexión”.

Hay otro tema que me impacta mucho: las limitaciones para comunicarnos. No solo por la condición de Abel, sino porque todos parecen tener algo que no pueden decir.

Los cuatro amigos de la obra son personas altamente preparadas para comunicarse: una es educadora, otra lingüista, uno trabaja con el lenguaje audiovisual y otro es abogado. En teoría, deberían tener todas las herramientas para decir lo que sienten, pero no pueden. A Carrillo le interesaba esa idea de “en casa de herrero, cuchillo de palo”: personas expertas en el lenguaje que, cuando se trata de hablar de sí mismas, no encuentran las palabras. “Tenemos miles de formas de comunicarnos, pero, al mismo tiempo, dejamos pendientes las conversaciones importantes”, reflexiona.

Entonces, ¿más que una obra sobre las palabras termina siendo una obra sobre reencontrarse?

El director se pregunta cuándo fue la última vez que alguien se sentó a jugar un juego de mesa dejando el celular lejos. En la obra hay pequeños instantes así: Ana Valentina dibujando, alguien disfrutando una taza de cocoa. Son momentos muy simples, pero ahí también está la felicidad. “Siempre digo que el teatro es una invitación a desconectarte para reconectarte”, afirma Carrillo. “Apagas el teléfono, no comes, no respondes mensajes, no vas al baño durante un rato. Simplemente aceptas entrar en una ficción con la promesa de regresar distinto a la realidad. Eso me parece muy hermoso”.

¿Crees que el teatro se ha convertido en uno de los pocos espacios donde todavía nos detenemos realmente a escuchar al otro?

“Ese sería mi sueño”, responde el dramaturgo, reafirmando que el teatro sigue siendo un espacio de reconexión genuina.

David Carrillo, dramaturgo y director de teatro nacido en Lima en 1976, tiene 50 años y ha construido una trayectoria de más de dos décadas en las artes escénicas. Su labor abarca tanto la creación de obras como la formación de nuevas generaciones de actores. Desde una mirada íntima y reflexiva, sus piezas exploran las relaciones humanas, la memoria, el lenguaje y los vínculos familiares. La obra a la que dedicó 14 meses de escritura finaliza su temporada el 8 de agosto.

Leer artículo completo en diariocorreo.pe →