El Búho abrió los ojos para ver el reportaje de ‘Cuarto poder’ que, con real crudeza, grafica el brutal avance de la minería ilegal en el Perú. Estas mafias, que mueven millones y destruyen la Amazonía con total impunidad, han penetrado el Estado —el Congreso, el Ejército y la Policía— y ahora lo desafían abiertamente con paramilitares fuertemente armados. El oro mueve mucho dinero.

Según un informe de El Comercio, solo entre enero y febrero la minería ilegal deforestó más de 69 hectáreas de selva en la reserva nacional de Tambopata, Madre de Dios. El columnista, que ha recorrido el país como reportero, afirma: “He navegado en lancha los ríos más caudalosos del Perú: Huallaga, Ucayali y Amazonas. Así he podido conocer de primera mano los destrozos de estas actividades que se ejecutan al margen de la ley”.

Recuerda un viaje inolvidable: mientras se daba un chapuzón en las aguas del Huallaga con sus compañeros de ruta, vieron cómo una mancha negra y espesa se iba con la corriente. Pronto supieron que eran restos de relave. Ante esta realidad, está convencido de que el nuevo gobierno de Keiko Fujimori deberá convocar ayuda internacional, en especial de Estados Unidos, si realmente desea frenar este criminal accionar.

En la comunidad nativa Esperanza, ubicada a dos horas de Yurimaguas y a orillas de un río, los pobladores carecían de agua potable, luz e Internet. “Un nombre ‘anecdótico’, pues lo último que conservaban los pobladores de aquel pueblo era eso, la esperanza”, se lee. A estas carencias se sumaban problemas más graves, como la deforestación indiscriminada, que destruía sus tierras de cultivo y convertía su principal fuente de vida, el río, en un caudal venenoso. Mientras avanzaban en lancha, cada cierto kilómetro observaban cómo vertientes de aguas oscuras salían de entre los árboles y contaminaban el Huallaga. Era la basura tóxica que los mineros ilegales usaban para obtener minerales y luego desechaban sin control. También se cruzaban con embarcaciones cargadas de montañas de troncos. “Años después, en otro viaje por el Amazonas y luego en el Ucayali, vi las mismas escenas de terror. Nada había cambiado”, recuerda el autor. La minería y la tala ilegal son las madres de otras actividades criminales: trata de mujeres, extorsión y sicariato. Se trata de zonas liberadas donde ni siquiera la Policía ingresa, pese a conocer lo que ocurre. Los amigos de aquellos años veían sorprendidos cómo la selva pasaba de espesa vegetación a campos pelados y secos.

“En una semana puedes ganar hasta diez mil soles si trabajas parejo”, le confesó un joven minero informal al columnista. Hace algunos meses, durante una conversación, el muchacho que se fue a la selva a trabajar le contó que en esos lugares “la vida no vale nada” y que se duerme “con un ojo cerrado y otro abierto”. Viven al límite, pero las ganancias son tan jugosas que los motivan a seguir en esta cadena ilegal. Sin embargo, lo que más sorprende no es que estas actividades existan desde hace tiempo, sino que cada vez más políticos sean financiados por estos criminales.

Ahora forman parte de nuestras instituciones y legislan a favor de prácticas que destruyen el ecosistema y matan a compatriotas. Hoy, zonas como La Pampa o Tambopata se han convertido en tierra de nadie, donde la prostitución infantil y la venta de droga ocurren a plena luz del día. Keiko Fujimori tendrá un gran reto con la minería ilegal, concluye el autor mientras apaga el televisor.

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