“Hemos llegado a la inmensa universidad de los señores, desde los cerros y los ríos, desde las chacras y los conos, hemos venido aquí sus sujetos de estudio: los cholos y las cholas, los chunchos, lxs migrantes, cargando las sangres y las historias de nuestros padres y madres, abuelos y abuelas, tildados de analfabetos e ignorantes”, inició Mary Vargas Arcos, egresada de ciencias políticas de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), en la ceremonia de graduación del 7 de julio último. Su discurso, titulado ‘Ciencia Política y Gobierno’, fue transcrito por este diario con el lenguaje inclusivo en el que la politóloga lo redactó.
En sus palabras, Vargas Arcos no solo criticó a las élites políticas, empresariales y universitarias del país, sino que también cuestionó la realidad de quienes sobreviven día a día para acceder a estudios, trabajo y vivencias. “Entramos a esta carrera con muchas dudas, y creo que nos vamos con muchísimas más. Venimos a estudiar al Estado desde lugares donde históricamente nunca ha llegado”, señaló. La egresada contrastó la teoría académica con la práctica: “Llevábamos cursos sobre regímenes políticos mientras vacaban a 7 presidentes. Asistíamos a conversatorios sobre derechos humanos, mientras se callaban frente al genocidio en Palestina y, mientras aquí se declaraban leyes de amnistía y se archivaban casos de corrupción y crímenes de lesa humanidad”.
El discurso también denunció la represión estatal. “Leíamos sobre movimientos sociales mientras nuestrxs compañerxs eran reprimidxs en las marchas en el centro de Lima o en las tomas de pista en la puerta principal de esta universidad o, recientemente, en la histórica toma del rectorado, y estamos acá ‘celebrando’ mientras nuestrxs compañerxs de la Universidad Nacional de Ucayali están siendo violentadxs y reprimidxs por las fuerzas del orden”, agregó. Pese a todo, la intervención fue también una voz de esperanza y movilización para los jóvenes que, con un lenguaje inclusivo, desde las aulas buscan y pelean por el desarrollo del país con oportunidades para todos.
Hacer ciencia política, se entiende en este camino, es actuar desde adentro para beneficio de quienes quedan afuera, asumiendo que el único progreso es el colectivo y que se construye en comunidad. Es como cuando mujeres y diversidades le abrimos el camino a nuestras hermanas; como cuando migrantes andinxs y amazónicxs le abrimos el camino a nuestrxs paisanxs; como cuando politólogxs escribimos para que nos entienda nuestra gente y no para una academia extractivista; como cuando, al diseñar políticas públicas, pensamos en nuestras clases populares y no en los monopolios empresariales. También es entender que el progreso económico no puede costar que nuestras infancias vivan con plomo en la sangre, ni que comunidades indígenas sean desplazadas de sus territorios, ni costar que madres vean llegar a la Presidencia a la hija del dictador que mandó a asesinar y desaparecer a sus hijxs.
Comprendemos, entonces, que la ciencia política no se ve desde un escritorio, que no hacemos cambios para ver cómo fluctúan cifras, porque, frente a este futuro desesperanzador, nosotrxs somos quienes nos hemos formado con las herramientas necesarias para dejar un ratito descansar los análisis en los papers y salir a la calle a hacer algo por este país. Esta ciencia social no se limita a las aulas: está también en las calles, en los barrios empobrecidos, en la ruralidad, en las comunidades indígenas y de migrantes en las ciudades. Es ahí donde nace el pensamiento crítico y donde desemboca el propósito de nuestra carrera.
Y así finalizamos esta etapa, agradeciendo a la lucha de nuestras familias y cuidadores, por su esfuerzo inmenso por ajustarse ciclo a ciclo a una escala de pensión que se vuelve cada vez más excluyente. También agradecemos al esfuerzo propio de conseguir becas estatales que durante estos meses han sufrido recortes históricos.
“Somos una promoción diversa que abraza esta diversidad y se enuncia como cientistas políticos desde esas diferencias”, señala Mary Vargas Arcos. Esta generación culmina su etapa universitaria, pero no están todos: “faltan quienes no pudieron costear un aumento de boletas, faltan quienes deciden no venir más porque en el campus, o incluso en esta misma graduación, se encuentran con su docente o compañero agresor”. Agradece “por la facultad que hemos podido construir con docentes, personal administrativo, de biblioteca, de limpieza y compañerxs de distintas carreras”. También extiende el reconocimiento “a nuestrxs jefxs de prácticas que educan sin compensaciones económicas justas, gracias a lxs trabajadorxs que coexisten con trabas para sindicalizarse, gracias a lxs jubiladxs que hasta hoy luchan semana a semana por ver cumplir las promesas que esta universidad les niega por sus años de trabajo”. Además, valora “a la lucha estudiantil, que a pesar de la persecución y la censura por parte de nuestras autoridades universitarias, siguen acuerpando por una pensión accesible, alimentación digna, aulas libres de violencia basada en género y todo lo que abarca nuestro derecho a la educación”. Vargas Arcos resalta que la facultad se construyó “desde la amistad, porque además de colegas, podemos decirnos amigas y amigos. Estas amistades de quienes aprendimos de cuidados, de rebeldía y de sensibilidad. De quienes nos llevamos los abrazos después de cada examen y después de cada gol y canasta del Zoon Ethilikon. De quienes nos enseñaron sobre el aprendizaje colectivo y nos sujetaron la mano, porque además de ser estudiantes, y lejos de ser clientes, somos personas con aspiraciones, problemas y familias”.
En la inmensa universidad de los señores, con memoria, dignidad y justicia, nos graduamos hoy para que la educación no vuelva a ser un privilegio de las élites, para que la ciencia política y el poder sean del pueblo y para el pueblo, y no vamos a retroceder, porque después de nosotrxs seguirán llegando millones. Nos faltan los 60 peruanos y peruanas asesinadxs por los gobiernos de Manuel Merino, Dina Boluarte y José Jerí. También nos falta la justicia por los 800 casos de niñas awajún y wampís abusadas sexualmente por sus docentes en sus entornos educativos, así como por las 67 mujeres víctimas de feminicidio en solo lo que va del año 2026. Además, nos falta nuestra compañera Solsiret Rodríguez y nuestro compañero Ernesto Castillo, desaparecido por la Policía Nacional del Perú durante el gobierno de Fujimori.
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