En 1918, Antonio Gramsci publicó el ensayo ‘Burócratas de Estado, conciencia censora’, donde arremetió contra los funcionarios públicos que, según él, terminan “oprimiendo a los ciudadanos con la tiranía de su incompetencia”. El teórico italiano señaló como una de las enfermedades más graves la absoluta falta de conciencia de estos empleados, quienes “conciben a la administración pública no como el más delicado e importante de los órganos de la vida social, sino como un refugio para inválidos”. Para Gramsci, la burocracia estatal está infestada de perezosos y personas intelectualmente infértiles que han perdido el sentido de la responsabilidad. Su crítica no apunta a los empleados públicos que ejercen su labor con diligencia, sino contra “esa raza de vampiros de escritorio, succionadores de energía vital de los ciudadanos que han distorsionado el sentido genuino de ser un servidor público”.
Esta posición crítica coincide con la de Clemente Palma, uno de los escritores peruanos más interesantes y polémicos del siglo pasado, quien introdujo la literatura fantástica en el Perú. En su cuento ‘La aventura del hombre que no nació’, Palma aborda la esterilidad de la vida de las personas inmersas en el mecanismo burocrático y afirma: “Hay que salvar esas almas, entregarlos de nuevo al engranaje de la actividad, a los estímulos regeneradores de la lucha”. Tanto Gramsci como Palma coinciden en que la burocracia estatal está sobredimensionada debido a prácticas como el ‘caciquismo’, esa tendencia a dar empleos públicos a cambio de lealtad política, que aún reina en gobiernos regionales y municipalidades. Esta es una de las razones por las que la administración pública peruana sigue arrastrando las características que ambos autores denunciaron.
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