Las comparaciones pueden ser odiosas, pero cuando sirven para renovar ideas y aprender, se vuelven altamente valiosas. Hace unas semanas, Chile presentó los resultados de su medición de pobreza a partir de la encuesta CASEN, y la noticia positiva fue ampliamente discutida: se obtuvo con una nueva metodología, más exigente que la anterior, que genera estimados muy superiores a los que el país austral estaba acostumbrado a recibir.
Con esta nueva fórmula, la pobreza por ingresos —personas cuyos ingresos no alcanzan para cubrir la canasta básica— se situó en 17.3% de la población, lo que representa una reducción de 3.2 puntos porcentuales respecto a la medición de 2022 y de 11 puntos porcentuales frente a la de 2020. En pobreza extrema, el valor estimado fue de 6.9%, una cifra menor a la de 2022 y la mitad de la registrada en 2020. De haberse mantenido la metodología anterior, usada hasta 2022 —Chile mide la pobreza cada dos años, no anualmente como Perú—, el nivel de pobreza hubiera sido de apenas 4.9%, por debajo del 6.9% obtenido con ese criterio en 2022.
Complementariamente, Chile cuenta con una medida de pobreza multidimensional, que también mostró una reducción: pasó del 20% en 2022 al 17.7% en 2024. Además, en esta nueva medición se incorporó un indicador inédito: la “pobreza severa”, que refleja el porcentaje de hogares que enfrentan simultáneamente pobreza multidimensional y pobreza por ingresos. En 2024, la pobreza severa alcanzó al 6.1% de las personas, una cifra inferior al 7.8% registrado en 2022.
Resulta clave revisar el caso chileno por al menos tres razones, más allá de la tendencia positiva que muestra una reducción sostenida de la pobreza pospandemia y niveles muy por debajo de los prepandemia. En 2024, se creó una Comisión Asesora Presidencial para la Actualización de la Medición de la Pobreza, integrada por expertos de diversas disciplinas. Durante 17 meses, trabajaron en una propuesta de mejoras para las medidas de pobreza, tanto por ingresos como multidimensional. Este grupo revisó lo existente, colaboró con especialistas de distintas tendencias ideológicas, examinó las mejores prácticas internacionales y discutió ampliamente las propuestas de diversos actores. Como resultado, propusieron una nueva medición más exigente y menos complaciente para un país que, con su anterior método, ya había alcanzado niveles muy bajos de pobreza. Ante el éxito en la reducción, optaron por ser más rigurosos consigo mismos en lugar de solo vanagloriarse.
En segundo lugar, la comisión propuso cambios sustantivos que elevaron el umbral de pobreza por ingresos, reflejando un acuerdo en que el nivel mínimo de vida para ser considerado no pobre debía ser más alto que el utilizado hasta entonces. En la pobreza multidimensional se mantuvieron las cinco dimensiones, pero se amplió el número de indicadores de 15 a 20. Entre los principales cambios en la medición de la pobreza monetaria destacan dos: se eliminó el uso de alquileres imputados y se definieron líneas de pobreza diferenciadas para quienes alquilan una vivienda y quienes no; además, se revisó la composición de la canasta básica alimentaria para avanzar hacia una que no solo recoja lo mínimo para sobrevivir, sino una canasta saludable acorde con recomendaciones internacionales. Esta nueva canasta se valorizó usando información de encuestas de presupuestos familiares y, obviamente, elevó el umbral de pobreza por ingresos.
Chile introdujo un nuevo indicador, la pobreza severa, para identificar a quienes sufren simultáneamente pobreza por ingresos y pobreza multidimensional. Esta herramienta permite dar seguimiento a ese grupo afectado por ambas carencias y mejorar la focalización de las intervenciones de ayuda social. De esa experiencia tenemos mucho que aprender.
En el Perú, contamos con una medida técnica de pobreza monetaria que ha tenido revisiones metodológicas —la última sustantiva hace 13 o 14 años—, pero que podría ser revisada con una mirada fresca, amplia y multidisciplinaria, adaptada a los nuevos tiempos y a las características de las distintas formas de pobreza en el país. Sin embargo, ello parece difícil en un país que, a pesar de trabajar el tema desde hace muchos años, aún no logra consensuar ni siquiera una medida de pobreza multidimensional. «Claramente estamos rezagados, no solo en cuanto a nuestra capacidad para reducir la pobreza, sino también en nuestras competencias para medirla», señala la especialista.
Magister en Economía Agraria por The Pennsylvania State University y Economista de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Ex Ministra de Desarrollo e Inclusión Social.
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