Las cifras de pobreza monetaria en el Perú para el 2025 ofrecen un panorama agridulce que exige un análisis profundo, alejado de cualquier triunfalismo. Si bien la pobreza se redujo en 1.9 puntos porcentuales y más de 500 mil peruanos lograron salir de esa condición, el país aún se encuentra 5.5 puntos porcentuales por encima de los niveles prepandémicos. Es decir, no solo no se ha recuperado el terreno perdido durante la crisis sanitaria, la inflación, el fenómeno de El Niño y la crisis política, sino que el modesto crecimiento económico de este año ha perdido su histórica capacidad de inclusión.
Durante décadas, el crecimiento económico fue el motor de la narrativa de desarrollo en el Perú. Sin embargo, las reglas han cambiado. Según señaló Javier Herrera en la presentación de las cifras de pobreza monetaria, en el 2025 solo el 48% de la reducción de la pobreza se explica por el crecimiento económico. Este dato es clave: ya no basta con crecer a tasas agregadas. Se requiere un crecimiento con características específicas en los sectores y territorios donde se concentran los más necesitados. La relación entre crecimiento y pobreza se ha debilitado, y eso es especialmente preocupante ante las perspectivas del año en curso, cuando el país volverá a crecer de forma modesta y el retorno de una inflación ligeramente creciente dificultará aún más la reducción de la pobreza.
Los datos de 2025 revelan una profunda heterogeneidad en el territorio peruano, donde recetas “talla única” están condenadas al fracaso. Mientras la sierra y la selva rural lograron una reducción inesperada de la pobreza y pobreza extrema –impulsada en parte por actividades rurales, algunas informales o ilegales–, Lima Metropolitana apenas registró una modesta mejora. La capital sufrió un golpe devastador con la pandemia que duplicó su tasa de pobreza, y hoy el gasto real promedio de las familias limeñas se sitúa 16% por debajo de lo registrado en 2019. Estas disparidades exigen respuestas diferenciadas. Regiones como Cajamarca y Puno, dos de las más pobres en 2025 con tasas que superan el 35%, son eminentemente rurales: en Cajamarca el 65% de la población vive en el campo, y en Puno, el 46%. Para estas familias, la llave de la prosperidad no está en los servicios urbanos, sino en el desarrollo rural y agropecuario. Sin embargo, el año 2025 fue desalentador en este frente: mientras el sector agropecuario creció un tímido 1.9% en Cajamarca, en Puno cayó 6.4%. Sin una inversión estratégica en infraestructura rural, tecnificación del agro y acceso a mercados, estas regiones difícilmente lograrán una reducción sostenida y sustantiva de la pobreza. El Perú no es un bloque homogéneo, y las brechas entre la capital y las zonas rurales evidencian que combatir la pobreza requiere políticas locales, no soluciones uniformes. En la capital, donde se concentra la mayor cantidad absoluta de personas en situación de pobreza del país, la urgencia es distinta. Aplicar una política agraria en Lima Metropolitana tendría un impacto nulo. Aquí, el crecimiento debe ir acompañado de intervenciones orientadas a ofrecer servicios públicos básicos de calidad: agua segura, transporte público eficiente, salud y, sobre todo, seguridad ciudadana. Estos deben ir acompañados de programas efectivos y agresivos de inclusión económica que permitan a las familias recuperar sus medios de vida mediante estrategias de empleabilidad, capacitación y acceso a capital de trabajo para emprendimientos. Es momento de entender que la lucha contra la pobreza no se agota en los programas sociales asistenciales, aunque estos sigan siendo necesarios para acompañar a las familias en sus momentos más críticos. Las políticas para reducir la pobreza que deben acompañar al crecimiento económico deben complementar los programas sociales con intervenciones orientadas a la inclusión económica y productiva con pertinencia territorial. Esto implica que las políticas públicas deben responder a miradas multidimensionales de la pobreza y a las brechas específicas de cada lugar en materia de desarrollo, con infraestructura, intervenciones y esquemas de provisión adaptados a la geografía y la cultura locales. El crecimiento económico es la base, pero no basta por sí solo para erradicar la pobreza. Si el Perú no logra diseñar paquetes de programas y políticas adaptados a las potencialidades y necesidades de cada territorio, la reducción de la pobreza será marginal, lenta y, sobre todo, profundamente desigual. El país necesita crecer más, pero lo fundamental es que ese crecimiento llegue a donde están las personas en situación de pobreza, acompañado de un Estado que gestione la diversidad de las regiones con inteligencia y pertinencia. Así lo plantea Carolina Trivelli, investigadora principal del IEP, quien sostiene que las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor. Trivelli es magíster en Economía Agraria por The Pennsylvania State University y economista de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), además de exministra de Desarrollo e Inclusión Social.
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