En la mañana de este domingo 12 de julio, se confirmó el fallecimiento del escritor Cronwell Jara Jiménez (Piura, 1949). La noticia fue difundida a través de la cuenta de Instagram Montacerdos Oficial, donde se publicó un comunicado: “La familia de Jorge Cronwell Jara Jiménez comunica con pesar su fallecimiento. Por voluntad de la familia, las exequias serán privadas y familiares. Agradecemos de corazón su comprensión y respeto”. Este mensaje fue replicado por las cuentas en redes sociales de El Fondo de Cultura Económica y La Casa de la Literatura Peruana.
Se trata, como se entenderá, de una triste noticia, pero que no sorprende del todo. En los últimos tiempos, lo que se sabía del destacado autor estaba relacionado con su estado de salud. Por ejemplo, hace no más de una semana, un editor amigo suyo comentó que Jara se encontraba mejor. Su partida deja una pregunta válida: ¿cuál será el futuro editorial de su obra? Entre los reconocimientos que recibió, destaca el Premio Casa de la Literatura Peruana del 2019.
Hay dos maneras de aproximarse a la figura y obra de Cronwell Jara. Como persona, fue muy querido por la comunidad literaria y cultural del país. Quien escribe no lo conoció mucho, solo llegó a intercambiar algunos saludos, pero en cada uno de ellos lo llamaba maestro. Jara era un escritor con los pies en la tierra. Como todo creador, tenía su ego, pero no abusaba del mismo; se trataba, en sí, de un ego generoso mediante el cual compartía sus experiencias con los lectores más jóvenes. Jara nunca dejó de ser reconocido por ellos.
Como maestro, Jara ha sido fundamental en la vocación de muchos escritores peruanos. Dirigió talleres de narrativa durante años. Al respecto, el taller que impartió en la Universidad de Lima a mediados de los 90 es el que más se recuerda a razón de la revista Caballo de Troya, en la que publicaban sus textos los talleristas; varios de ellos son, a la fecha, escritores con trayectoria. La pregunta es válida: ¿por qué nunca dirigió el taller de narrativa de San Marcos?
Como Oswaldo Reynoso, Cronwell Jara recorrió el Perú y asistió a todas las ferias del libro donde era invitado, ya fuera para presentar obras o recibir homenajes. Nunca dejaron de llamarlo “maestro”, un saludo afectuoso que reflejaba su cercanía. Se sabía un autor importante, pero no era un sobrado.
Jara empezó a publicar en la década del ochenta, una época marcada por la violencia y la crisis económica. Se le asocia, se deduce, como un escritor peruano de esos años. Si algo hay que tener presente de esa década es que fue un periodo en el que muchas vocaciones artísticas y literarias quedaron aplastadas. No ha habido etapa más desalentadora para la práctica creadora que ella. En ese contexto, Jara se dio a conocer y con éxito.
Su obra mereció ser más considerada. Resulta extraño decirlo, porque Jara ha conseguido reconocimientos importantes, como el primer premio en el Concurso Nacional de Cuentos “José María Arguedas”, organizado, en 1979, por el Instituto Peruano Japonés, con “Hueso duro”; el Copé de Cuento de 1985 con el relato “La fuga de Agamenón Castro”; y recibió en el 2019 el Premio Casa de la Literatura Peruana.
Para tener una idea más clara de su lugar en la narrativa peruana, pensemos en la antología de 1986 de Guillermo Niño de Guzmán: En el camino (INC). Esta es la nómina de esa histórica antología que cumple 40 años este 2026: Cronwell Jara, Guillermo Saravia, Siu Kam Wen, Zein Zorrilla, Mariela Sala, Alejandro Sánchez Aizcorbe, Mario Choy, Ernesto Mora, Carlos Schwalb, Augusto Tamayo San Román, Alonso Cueto, Guillermo Altamirano, Rafael Moreno Casarrubios, Walter Ventosilla y Mario Ghibellini.
La luz de “Montacerdos” no está en la dimensión descriptiva de la pobreza y la precariedad, sino en la poesía seca en la que se sustenta la narración. En esta antología se publica el cuento homónimo, cuyos personajes —Yococo, Griselda y el cerdo Celedunio— aún persisten en la memoria del lector por el escenario que el autor ofrece de las barriadas. Jara vivió en el barrio Mariscal Castilla del Rímac y retrató cómo sus habitantes tienen que ingeniárselas para sobrevivir. Este cuento, junto con “Hueso duro”, son las mejores puertas de entrada a su obra para quienes aún no la conocen.
La mayoría de narradores de esa antología no tenían libro publicado cuando fueron convocados por Niño de Guzmán. De su selección, el relato de Jara no solo fue uno de los más saludados, sino que del mismo también se desprendía la impresión de que su trayectoria se iba a disparar. Jara recibió reconocimientos importantes y tuvo el mejor de todos: el favor del lector. No obstante, nunca tuvo la oportunidad de que sus libros estuvieran bajo el cuidado de una editorial sólida que les garantizara circulación, distribución y reimpresiones. Esta es una inquietud que siempre ha acompañado a sus lectores y de ella se desprenden algunas especulaciones relacionadas con las argollas y círculos de poder a los que Jara no pertenecía. Para un escritor de trayectoria, los galardones son necesarios, pero más trascendente es la seguridad editorial. Los escritores son sus libros, no únicamente sus premios.
Jara publicó novelas, como Patíbulo para un caballo (1989), y libros de literatura infantil. En el 2012 recibió una noticia que le alegró mucho: un grupo de editores chilenos decidió llamar a su editorial Montacerdos en honor al homónimo cuento de Jara. Él tomó esta noticia como un reconocimiento literario. Su cuento no solo suscitaba ecos en el ámbito local; había en él un componente universal: la vida en un contexto realmente extremo.
El velorio de Cronwell Jara se realiza en la calle Ayarza 167, Urb. El Bosque, Rímac (altura de la av. Amancaes, cruce con av. El Sol). Sus seguidores priorizan gestionar el futuro editorial de sus libros, con calma y sin desesperación.
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