El próximo domingo 19 de julio de 2026, el MetLife Stadium en East Rutherford, New Jersey, será el escenario del partido 104 del Mundial de Fútbol 2026, la definición del campeón. El mundo se alista para el gran fin de fiesta de una competencia que, desde su semana final, reafirma su condición de “deporte rey”. Como escribió Sir Walter Scott, el célebre autor escocés de “Ivanhoe”: “La vida en sí misma no es más que un partido de fútbol”. Y no pudo haber encontrado una definición más certera.

El fútbol tiene esa magia que nace en una cancha, con la lucha de dos equipos que representan a millones que también intentan, se equivocan, ganan, lloran y celebran, pero no en un estadio, sino en el día a día. Allí parte la identificación con esos jugadores que, de alguna manera, nos representan, incluso sin importar el color de la camiseta. No existe otra actividad deportiva que logre que el mundo entero se detenga, que por dos horas se dejen los conflictos políticos y hasta los enemigos se reconcilien en un abrazo.

Hoy, en tiempos de nuevas tecnologías, el fútbol se vive con la misma intensidad de siempre, desde la tradicional señal abierta y la radio, pero también en plataformas y redes sociales. Estas últimas, por su alcance, han convertido en verdaderos héroes a equipos y jugadores que se destacan por su amor al deporte. Los virales con las mejores jugadas, las celebraciones más emocionadas y el llanto de los que se quedaron en el camino han ampliado el alcance del Mundial y, sobre todo, de sus competidores.

Gracias a las nuevas plataformas, además de resaltar la habilidad de esos nombres que generan millones y llevan sobre sus hombros la categoría de estrellas, lo que también ha logrado trascender son las historias de esos jugadores que han tenido que vencer todos los obstáculos para llegar al mejor escenario del mundo para el fútbol. Esa es la cereza del pastel de la competencia: ser testigo de que la gloria no es solo para unos privilegiados, que cada cuatro años se puede acceder desde cualquier rincón del mundo a esa fiesta, en la que los poderosos y los humildes se enfrentan de igual a igual con la misma mística. Está intacto el convencimiento de que las canchas de un mundial pueden albergar a cualquier joven que, con mucha dedicación, trabajo y disciplina, logrará su sueño tras aprovechar las oportunidades que llegan una vez en la vida.

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