Argentina es el último sudamericano en pie, pero también, seamos honestos, el semifinalista que menos convence. Mientras Francia parece una máquina, España administra la pelota e Inglaterra se ordena, la Albiceleste sobrevive. Sufre, hace sufrir y celebra como si cada partido fuera una fuga milagrosa. A estas alturas, su método parece menos futbolístico que religioso: creer hasta que algo ocurra.

Contra Suiza volvió a caminar por el borde. No aplastó, no gobernó y tampoco ofreció demasiadas certezas. Pero ganó. La camiseta juega, claro. Pesa sobre el rival, sostiene piernas cansadas y convierte cualquier rebote en una señal divina. Argentina tiene tanta historia encima que a veces parece disputar los partidos con un hombre más. El problema es que ahora enfrente estará Inglaterra, otra selección acostumbrada a cargar fantasmas, fracasos y promesas incumplidas.

No será solo una semifinal. Será Malvinas, Maradona, la Mano de Dios, Beckham y varias décadas de resentimiento cuidadosamente conservado. Inglaterra juega para dejar de vivir de 1966. Argentina, como si 1986 todavía estuviera ocurriendo. El campeón vigente llegó hasta aquí sin convencer del todo, pero con una habilidad que en los Mundiales vale casi tanto como jugar bien: negarse a morir. Eso alcanza para sobrevivir. Falta saber si alcanza para ser campeón.

Porque la historia empuja, intimida y hasta condiciona. Pero no corre, no marca y no corrige errores. En semifinales, la camiseta puede pesar mucho. Lo que no puede hacer es jugar sola. Y esta Argentina empieza a pedirle demasiado.

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