Los científicos lograron resolver este defecto crítico mediante el desarrollo de un electrolito de gel resistente y casi sólido, denominado Sn-FB QSE. Este material semisólido actúa como un escudo que blinda la estructura interna contra perforaciones y neutraliza por completo la aparición de dendritas. El problema de base es que el sodio reacciona con el electrolito y crea una capa de óxido llamada SEI, de 10 a 50 nanómetros de espesor. A diferencia del litio, en el sodio esta capa protectora se agrieta con facilidad, genera protuberancias que atraen más iones y acelera el fallo destructivo.
Los datos publicados en la prestigiosa revista Nano-Micro Letters demuestran la viabilidad técnica del nuevo componente a través de hitos de resistencia inéditos. Cuando la batería se sometió a la velocidad extrema de carga de 4 minutos, mantuvo una capacidad de carga eléctrica de 80,1 mAh g⁻¹ (miliamperios-hora por gramo), una cifra que representa cerca de la mitad del rendimiento convencional del litio, pero a una velocidad sustancialmente mayor. No obstante, al moderar la carga a un ritmo de 20 minutos, alcanzó 2000 ciclos perfectos y retuvo el 90% de su capacidad de almacenamiento, con lo que igualó los estándares de longevidad del litio comercial con costos drásticamente menores. En las pruebas, el sistema registró +6000 horas de carga y descarga continuas sin cortocircuitos, 4 minutos para una carga completa de 0% a 100%, y 2000 ciclos manteniendo el 90% de su capacidad original a velocidad moderada.
El ánodo de sodio metálico, en reemplazo del grafito pesado de las baterías comunes de iones de sodio, ofrece propiedades de ligereza y densidad que permiten celdas tan compactas como las de litio, pero inmunes al fenómeno de fuga térmica. Esta reacción en cadena provoca que las baterías convencionales ardan al dañarse. Como los iones de sodio son más voluminosos, no fluyen con suficiente rapidez hacia las microfisuras, lo que erradica el riesgo de incendio. La velocidad de recarga sigue siendo la gran asignatura pendiente para la adopción masiva de vehículos eléctricos (VE). Actualmente, los modelos líderes del mercado requieren infraestructuras masivas o tiempos prolongados para recuperar su autonomía, como los cargadores especiales de 1 MW del BYD Denza o los supercargadores de Tesla.
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