Los fenómenos de El Niño vuelven a poner sobre la mesa la necesidad de invertir en prevención. Defensas ribereñas, reservorios, infraestructura hidráulica y mejores sistemas de respuesta seguirán siendo indispensables. Pero existe otra herramienta de la que hablamos muy poco: la ciencia.

El cambio climático seguirá poniendo a prueba a nuestra agricultura. Las altas temperaturas, la escasez de agua y la mayor incidencia de plagas amenazan cultivos, reducen la productividad y afectan miles de empleos. En 2023, año marcado por El Niño, el PBI agrario cayó un 4%, su peor resultado desde 1992. Mientras buena parte del mundo investiga y desarrolla variedades capaces de tolerar mejor el estrés hídrico, las altas temperaturas o determinadas plagas, el Perú mantiene vigente hasta 2031 una moratoria que impide siquiera evaluar el uso de organismos vivos modificados.

Según el ISAAA, más del 90% de la superficie mundial cultivada con estos organismos se concentra en EE. UU., Brasil, Argentina, India y Canadá, países que compiten en los mercados agrícolas internacionales y continúan apostando por la innovación. No se trata de renunciar a la protección de nuestra biodiversidad. Se trata de preguntarnos si una prohibición general sigue siendo la mejor respuesta frente a un contexto climático más desafiante y si no ha llegado el momento de abrir un debate sustentado en evidencia científica.

La innovación puede ayudar a proteger los cultivos. El Niño seguirá formando parte de nuestra realidad, y resulta legítimo preguntarnos si el Perú puede darse el lujo de descartar herramientas que buena parte del mundo ya viene investigando para fortalecer la resiliencia de su agricultura.

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