Paisano o paisana, vivimos rodeados de estadísticas. Escuchamos cifras sobre pobreza, empleo, salud, educación o intención de voto. Y muchas veces aparecen dos reacciones opuestas. Algunos creen que los números dicen la verdad absoluta. Otros responden: “Yo nunca participado en una encuesta, así que no creo en ellas”.

Frente a eso, la pregunta clave es: ¿qué podemos hacer usted y yo frente a las estadísticas? Aprender a valorarla, aprender a valorar sus datos, pero también entender sus límites y usarlos en conjunto para tomar mejores decisiones. Porque, aunque no son perfectas, son una de las herramientas más valiosas que se han creado para entender la realidad.

Pensemos en algo sencillo. Si quisiéramos saber qué opinan todos los peruanos sobre el clima, tendríamos que entrevistar a más de 34 millones de personas. Sería tan costoso y demoraría tanto que cuando termine de preguntar, el clima ya habría cambiado. Por eso existen las muestras. Una muestra es una pequeña parte que representa el conjunto. Igual que cuando uno prueba una cucharada de sopa para saber si tiene suficiente sal. No necesita tomarse toda la olla o cuando se prueba un pequeño sorbo de vino para saber si está bueno. Nadie necesita beberse la botella completa.

En muchas actividades ocurre lo mismo. Una fábrica no puede romper todos los focos de una caja para saber si funcionan. Tampoco tendría sentido probar todos los fósforos porque se gastarían antes de llegar al consumidor. Se toma una muestra y si está bien elegida, se obtiene una información bastante confiable del total. Claro que siempre existe un margen de error. Imagina un tirador apuntando al centro de un blanco. Aunque sea muy bueno, no todos los disparos caerán exactamente en el mismo punto. Algunos quedarán un poquito más arriba o un poquito más abajo. Las encuestas funcionan igual.

Por eso es importante darles una mirada positiva a las estadísticas. No se trata de creer ciegamente en ellas ni de descartarlas por completo, sino de entender su utilidad y sus limitaciones para tomar decisiones más informadas.

Los especialistas no afirman que un resultado estadístico sea infalible. Cuando hablan de un 95% de confianza, explican que, si repitieran el estudio muchas veces, acertarían aproximadamente en 19 de cada 20 ocasiones. Lo que realmente se publica es una zona donde probablemente se encuentre la respuesta verdadera. Las técnicas estadísticas, que mejoran constantemente, permiten planificar hospitales, escuelas, carreteras y políticas públicas, además de comprender mejor lo que piensa la población. Por eso, paisano, paisana, no vea a las estadísticas como una verdad absoluta ni como una simple adivinanza. Véalas como una brújula. Tal vez no indiquen el punto exacto donde está el tesoro, pero sí nos permiten caminar en la dirección correcta. Frente a las estadísticas, podemos aprender a valorarlas y valorar sus datos, pero también entender sus límites y usarlos en conjunto para tomar mejores decisiones. Una sociedad que mide bien su realidad tiene muchas más posibilidades de mejorarla.

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