La selección francesa enfrenta este jueves su primera prueba de fuego en el Mundial. Marruecos, su rival en los cuartos de final, llega con la insolencia de quien no se siente inferior y con un arquero extraordinario, un equipo que ataca sin complejos y la virtud de ignorar que debería sentirse inferior. Esa ignorancia suele ser una virtud en el fútbol, y ahora amenaza con romper el libreto del campeón defensor.
Hasta aquí, Francia administró el torneo. Le bastó un penal para eliminar a Paraguay y, una vez arriba, hizo lo que hacen los equipos que se sienten superiores: dejó de correr riesgos. Ganó sin despeinarse. Pero los Mundiales no se ganan administrando ventajas que otros te permiten administrar, y los favoritos suelen construir una ilusión peligrosa: creer que dominan el torneo cuando, en realidad, apenas dominaron rivales dóciles.
Francia llega a los cuartos con un prestigio intacto y una incógnita enorme. Todos la señalan como la principal candidata al título, pero nadie sabe realmente cuán buena es. No porque haya jugado mal, sino porque se instala la sensación de que el Mundial todavía no la obligó a jugar de verdad. Ha tenido el privilegio de competir sin que nadie la obligue a exhibir todo su repertorio. Ese privilegio termina hoy.
Marruecos no necesita ser mejor que Francia para cambiar este Mundial. Le basta con hacer una pregunta que nadie le hizo hasta ahora: ¿qué ocurre cuando el favorito deja de controlar la historia? Si Francia tiene una versión superior, llegó la hora de mostrarla. Si no la tiene, descubrirá la verdad más incómoda del fútbol: los candidatos no caen el día que juegan mal. Caen el día que alguien, por fin, los obliga a demostrar que eran tan buenos como todos creían.
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