Por primera vez en mucho tiempo, no fue Lionel Messi quien rescató a Argentina, sino Argentina quien salió al rescate de Messi. Ayer, en lo que probablemente fue su partido más discreto en este Mundial, el capitán falló un penal y estuvo lejos de su lucidez habitual. Argentina llegó a verse dos goles abajo frente a Egipto y la historia parecía escrita: el campeón se despedía antes de tiempo y su máxima figura cargaba, una vez más, con el peso de una eliminación.

Pero entonces ocurrió algo extraordinario. No apareció un héroe solitario; apareció un equipo. Los escuderos del capitán hicieron aquello que durante mucho tiempo él hizo por todos: sostener la esperanza cuando parecía agotada. Corrieron más, presionaron más, arriesgaron más. El empate devolvió la fe y la remontada confirmó algo todavía más importante: este campeón conserva la virtud que distingue a los verdaderos candidatos: la capacidad de reinventarse cuando el plan original deja de funcionar.

Durante demasiado tiempo, Argentina vivió pendiente de un único desenlace: que Lionel Messi apareciera. Cada partido importante conducía a la misma pregunta: ¿qué hará el diez? ¿Cuándo aparecerá? ¿Será suficiente esta vez? Esa dependencia fue una demostración de grandeza, pero también una limitación. Los equipos que necesitan milagros terminan acostumbrándose a esperar milagros.

Resulta inevitable mirar alrededor. Portugal no consiguió sostener a Cristiano Ronaldo. Brasil tampoco encontró la manera de rescatar a Neymar. Argentina, en cambio, descubrió que el mejor homenaje que podía hacerle a Messi era demostrarle que ya no está solo. Eso cambia por completo la dimensión del equipo.

La verdadera dimensión de los grandes candidatos no se mide cuando ganan con comodidad, sino cuando sobreviven a la adversidad. Cualquiera puede administrar una ventaja; muy pocos son capaces de levantar una llave que parecía perdida después de fallar un penal, quedar dos goles abajo y ver cómo el reloj empieza a jugar para el rival. Argentina esperó hasta los cuartos de final para enseñar sus galones, y lo hizo no porque Messi volviera a resolverlo todo, sino porque el equipo decidió proteger a su rey cuando el rey ya no podía ganar la batalla por sí solo.

Durante años se creyó que Argentina era Messi. Luego apareció una generación que entendió algo diferente: Messi es mucho mejor cuando Argentina también existe. El orden, la presión, el sacrificio y la personalidad dejaron de ser atributos secundarios para convertirse en el verdadero patrimonio del campeón del mundo. Esa, probablemente, sea la noticia más inquietante para el resto del Mundial: el campeón acaba de demostrar que también sabe ganar los días en que su capitán no puede hacerlo solo.

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