El reggaetonero Daddy Yankee, ícono mundial de la música, abrirá una anticuchería en la cosmopolita ciudad de Nueva York, Estados Unidos, según se lee en redes sociales. La noticia llena de orgullo, pues demuestra que el artista reconoce lo exquisita que es la gastronomía peruana. Quizás por eso, en setiembre del año pasado, fue visto recorriendo el Mercado Municipal de Miraflores y la calle Capón.
Mientras tanto, hace unos días, zapeando en Netflix después de un arduo cierre de edición, apareció ‘Street Food Latinoamérica’. La serie documental recorre los principales huariques del continente, pero no solo muestra las exquisiteces callejeras de México, Argentina o Perú: también cuenta la historia de vida de cada persona que prepara esos platillos que deleitan a un barrio, una ciudad o un país entero.
Con sorpresa, apareció el cocinero peruano Toshi Matsufuji, hijo del legendario Darío Matsufuji, una de las columnas vertebrales de la cocina nikkei en el Perú. A pesar del gran legado de su padre, el carismático Toshi supo salir de la sombra, romper el cordón umbilical y ‘cocinar’ su propia historia con su pequeño restaurante: Al Toke Pez. Desde esa pequeña y ‘desastrosa’ barra, anclada primero en la avenida Angamos en Surquillo y hoy en Bonilla de Miraflores —como una pequeña chalupa a la deriva entre el tráfico y la bulla—, Toshi construyó su imperio.
Ante la muerte de su padre, Toshi heredó La Cocina de Darío, un restaurante tradicional miraflorino con una carta impresionante que combinaba platos japoneses, criollos y postres, y que ya contaba con un público fiel. Aunque tenía el camino ‘fácil’, tomó una decisión valiente y retadora: cerrar aquel local para iniciar su propio camino. “Cerré el restaurante de mi padre porque me di cuenta de que ya no había más que recorrer. O sea, teníamos los clientes, pero habíamos llegado a un techo y era difícil cambiar los platos de la carta y hacer cambios internos. En ese caso fue más fácil cerrar y empezar de cero”, relató.
Así nació Al Toke Pez, un huarique al que llegan obreros, oficinistas, turistas y periodistas gastronómicos: todas las razas, todas las sangres, todos los estratos sociales. La ‘vedette’ es un trío marino contundente y sabroso, preparado con insumos como la pota o el tan discriminado pescado perico o jurel, lo que mantiene su costo bajo. Esa siempre ha sido la filosofía de Toshi: “Que el dinero del millonario valga lo mismo que el dinero del pobre”.
Quién imaginaría que ese chinito, delgaducho y desaliñado, que vuelca toda su atención mientras prepara un cebiche, un arroz con mariscos o chicharrones de pota, es en realidad un ingeniero agrónomo, con un doctorado en química de una prestigiosa universidad inglesa. “Imagínate a mí construyendo un puente, eso sería un genocidio”, dijo alguna vez entre risas. Su calidad de persona es increíble y tiene un equipo fiel, al que con humor llama la ‘banda de perdedores’.
La fama le llegó a Toshi sin hacer mucha bulla, y más con este documental gringo. En él confiesa que no podía tener novia porque todo el día ‘olía a pescado’, pero tras su publicación empezaron a llamarlo hasta de Pakistán. Si antes ya era difícil alcanzar un espacio en su barra, después se formaban largas colas para llevar sus manjares en tápers ecológicos. A pesar del éxito, nunca regatea con sus caseros porque reconoce el gran esfuerzo que hacen para obtener productos frescos. Sus amigos cercanos afirman que es el hombre más humilde que conocen y que siempre tiene una mano tendida para quienes lo necesitan. Llega a su local en bicicleta y se compra ropa cada cinco años. Su único hobby es su guitarra y su gran compañera de vida, su madre. Algunos le aconsejan adoptar el estilo del histórico cebichero Javier Wong: atender a puertas cerradas a unos contados comensales, cobrar lo que se le venga en gana y fin. Pero su manera de ver el mundo se lo impide; él no ve la gastronomía como un negocio, sino como una manera de servir a la sociedad. Apago el televisor.
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