Rosana Monteiro Lima, graduada en informática y con estudios en biología, llegó a Cabo Verde hace dos décadas para acompañar a su padre en un viaje familiar temporal, pero aquella visita se convirtió en un proyecto de vida definitivo. Hoy, radicada en la isla de San Vicente, lidera una exitosa empresa de fitocosmética natural que ha crecido gracias a la estabilidad financiera del archipiélago africano. En una entrevista con La Nación, la bióloga destacó: "Estuve aquí tantos años, nunca hubo una inflación".
Esa garantía económica le permite reinvertir sus ganancias directamente en la expansión del negocio, sin la incertidumbre que afecta a otros mercados. Pero no solo la solidez financiera la ha arraigado en el territorio insular. Rosana resalta la cercanía entre autoridades y ciudadanos como un rasgo cotidiano excepcional: asegura que "el presidente camina por la calle" e interactúa libremente en los cafés. Esa combinación de seguridad financiera y proximidad social consolidó su permanencia en Cabo Verde, un país que, según describe, ofrece un entorno donde la inflación no es una preocupación.
¿Por qué la argentina decidió emigrar a Cabo Verde y cómo transformó su vida?
El vínculo de Rosana Monteiro con Cabo Verde viene de su padre, João Rómulo Monteiro Lima, quien emigró a Argentina en la adolescencia, se volvió emprendedor y lideró la Asociación Caboverdiana de Ensenada. Esa herencia cultural la conectó con el archipiélago, aunque la mudanza no fue sencilla. "Sí, me costó muchísimo. En principio no entendía nada porque acá hablan criollo", confesó. Hasta los 39 años, Rosana vivió en Argentina, donde estudió informática y luego biología en el Museo de La Plata. Sin embargo, la muerte de su madre cambió todo. Para superar el duelo, ella y sus hermanos impulsaron el regreso de su progenitor, de origen africano, a su tierra natal. "Yo vine para irme de vuelta y, sin embargo, nunca más salí de aquí", recordó sobre su llegada definitiva.
Rosana Monteiro, su esposo senegalés, su hijo menor y Caetano comparten una gran pasión familiar por el fútbol. Foto: La Nación
Hoy reside en Mindelo, en la isla de San Vicente, junto a su esposo Mamadou, un músico senegalés. Sus tres hijos viven repartidos entre Argentina, Canarias y Cabo Verde. Superadas las barreras idiomáticas y las costumbres locales, logró una integración plena. De la sociedad atlántica destaca la "morabeza", un concepto que describe la hospitalidad autóctona y que, según ella, guarda enormes similitudes con la calidez argentina. Así, lo que empezó como un viaje temporal para acompañar a su padre se transformó en un nuevo hogar.
Familia reunida en Santo Antao con los tres hijos, Eneas, Caetano y Mohamed, el nieto Germán y la nuera Beatriz. Foto: La Nación
Dos décadas después de fundar Mamdyara, la empresaria argentina gestiona su propio laboratorio y un predio agrícola que le permite autoabastecerse de especies vegetales. Su modelo de negocio, que fusiona sostenibilidad ambiental con desarrollo comunitario, nació de su fascinación por la flora curativa, motivada por su formación académica en Biología y el legado de su abuelo guaraní. En Cabo Verde, donde creó su firma de cosmética botánica en un mercado sin precedentes en esa actividad, tuvo que impulsar la normativa farmacéutica local para poder comercializar sus productos. "El trabajo que estoy haciendo es usar los recursos naturales de aquí y mostrarle a la gente que con lo que tenemos podemos salir adelante", afirmó, destacando su compromiso con la generación de oportunidades para sectores vulnerables.
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