Que el expresidente Alejandro Toledo pueda ser beneficiado con un indulto humanitario o salir de prisión amparado en una ley que permite a reclusos mayores de 80 años cumplir condena en sus casas es una decisión que deberá tomar el nuevo gobierno en los planos político, judicial y médico. Pero lo que no admite discusión es que el exmandatario ha acumulado todos los “méritos” para pasar largos años tras las rejas: no solo por ladrón, sino también por farsante, sinvergüenza y caradura.

Toledo es, quizá, el mayor fiasco de la política peruana. Llegó al poder en 2001 como el paladín de la honestidad y la lucha anticorrupción, prometiendo limpiar el legado de la dupla Alberto Fujimori-Vladimiro Montesinos. Terminó convertido en un vil coimero, con los bolsillos llenos de millones de dólares pestilentes y propiedades adquiridas bajo farsas: que el dinero era de su suegra, indemizada por ser víctima del holocausto, o que provenía de préstamos.

Cuando todas sus cochinadas salieron a la luz en 2017, Toledo no se puso a derecho como otros exmandatarios caídos en desgracia. Huyó a Estados Unidos a darse la gran vida. En 2019 fue arrestado en San Francisco por andar haciendo problemas bajo los efectos del alcohol, mientras movía cielo y tierra para impedir su extradición. Hubo que gastar una millonada en abogados para traer a este impresentable que, desde que fue devuelto al país, no ha hecho más que victimizarse y gritar que está enfermo.

Este caso debe ser bien evaluado por quienes tengan en sus manos el destino de Toledo, a quien el columnista califica como “un verdadero ídolo de barro, un vil ladronzuelo que además es un mitómano consumado que todo el país conoce”. Slocovich advierte que, si queda libre, podría verse al expresidente “comiendo, bebiendo y en juergas en los mejores restaurantes al lado de sus amigotes de siempre”. A su juicio, debe primar “el sentido de humanidad y de no revancha, pero también el de justicia y respeto a un país al que este sujeto le ha metido la mano al bolsillo”.

En 2012, recuerda la columna, Toledo se manifestó en contra de indultar a Alberto Fujimori y dijo que “solo si iba a morir en un mes, había que soltarlo”. Resulta irónico, señala Slocovich, que ahora Toledo y su esposa Eliane Karp hayan salido a pedirle a Keiko Fujimori la liberación de quien —afirma— “cuenta con una condena por corrupto basada en una tonelada de pruebas, y personifica al enriquecimiento ilícito desde el poder, a la cutra, al saqueo y a la sinvergüencería”.

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