No hubo ceremonia ni discursos de despedida. Los Mundiales, como los cambios de época, simplemente ocurren. Un gol en el minuto noventa, una atajada imposible, un penal ejecutado con la serenidad de quien lleva veinte años bajo presión, y de pronto algo termina. Así sucedió con Portugal y Brasil. Cristiano Ronaldo se fue llorando. Neymar también, aunque por un instante, al convertir un penal, volvió a recordar quién era el dueño de ese escenario. Caminó hacia la pelota con esa parsimonia desafiante que tantas veces desarmó arqueros, marcó, silenció al rival y sostuvo la ilusión de un país entero. Pero el fútbol, como la vida, nunca prometió que los héroes serían recompensados solo por ser héroes.

Las derrotas, sin embargo, fueron distintas. Cristiano peleó hasta el último segundo contra el tiempo. Neymar lo hizo contra un cuerpo que nunca terminó de acompañar la dimensión de su talento. El portugués convirtió la disciplina en una forma de desafiar la biología. El brasileño convivió con la sensación de que el destino siempre le debía una temporada más, un Mundial más, una oportunidad más para demostrar todo aquello que las lesiones le fueron arrebatando. Y, sin embargo, ambos terminaron exactamente igual: llorando. No porque hubieran sido los peores de sus equipos. Todo lo contrario. Incluso lejos de la plenitud física que alguna vez los hizo imparables, siguieron demostrando que la jerarquía también puede medirse por el peso de una presencia.

Hay futbolistas que cambian partidos con una gambeta, un pase o un remate. Ellos llevaban años cambiándolos incluso antes de que los partidos empezaran. Había algo en su sola presencia que obligaba al rival a modificar planes, coberturas y temores. Quizá por eso las imágenes de ambos conmovieron tanto. No eran únicamente dos derrotas. Eran dos despedidas probables. Dos gigantes comprendiendo, quizá por primera vez, que el siguiente Mundial ya no les pertenece. Y esa es una conversación que ningún deportista quiere tener con el espejo.

El fútbol jamás se queda sin estrellas: vendrán Haaland, Mbappé, Yamal y tantos otros, y con ellos llegarán nuevos récords, ídolos y rivalidades. Lo que no se reemplaza con la misma facilidad son las épocas. Las leyendas no se retiran el día que dejan de jugar bien, sino el día en que descubrimos que ya empezamos a imaginar el fútbol sin ellas. Quizá esa sea la verdadera tristeza de este Mundial: no haber visto caer a Cristiano Ronaldo y Neymar, sino haber asistido, casi sin darnos cuenta, al comienzo del día después.

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