
Un equipo internacional de científicos, liderado por la Universidad Médica del Sur de Guangzhou en China y con la participación de la Universidad Macquarie de Australia, ha revelado que los abejorros muestran reacciones faciales complejas ante diversos estímulos gustativos. El estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), desafía la visión tradicional de los insectos como autómatas biológicos y sugiere que poseen una vida interior más sofisticada de lo que se creía anteriormente.
Los investigadores descubrieron que estos insectos presentan expresiones faciales de agrado y aversión ante distintos sabores, lo que indica que poseen estados internos afectivos similares a los de los mamíferos. Para llegar a esta conclusión, el equipo utilizó filmaciones de alta velocidad que captaron movimientos que antes pasaban desapercibidos para el ojo humano, demostrando que los abejorros realizan una evaluación afectiva de lo que consumen.
La investigación se realizó con ejemplares de 18 colonias de la especie Bombus terrestris, analizando sus respuestas ante gotas de agua pura, soluciones azucaradas y líquidos con quinina amarga o sal. Los expertos observaron que, tras consumir agua con azúcar, los insectos sacaban repetidamente la glosa, una estructura similar a la lengua, en un gesto que los investigadores compararon funcionalmente con el acto de relamerse los labios en los seres humanos.
Por el contrario, ante sabores aversivos como la quinina o concentraciones altas de sal, los abejorros manifestaron conductas de rechazo que incluyeron sacudidas de cabeza y la limpieza enérgica de sus piezas bucales con las patas delanteras. El estudio determinó que estas reacciones no son simples reflejos alimentarios, ya que los gestos ocurrían incluso después de que el insecto terminara de beber, lo que indica que se trata de una respuesta a la sensación placentera o desagradable del sabor.
Los investigadores también hallaron que la frecuencia de estas reacciones orofaciales dependía directamente de la concentración de azúcar: las protrusiones de la glosa eran mucho más comunes ante soluciones muy dulces que frente a aquellas con menor contenido calórico.

Para entender mejor la naturaleza de estos comportamientos, los científicos realizaron experimentos farmacológicos que lograron separar la motivación de alimentarse de la sensación de placer. Los resultados revelaron que las expresiones de agrado están vinculadas al sistema endocannabinoide, potenciadas específicamente por la anandamida, de forma similar a cómo se procesa el placer sensorial en los mamíferos. En cambio, estas reacciones resultaron independientes de los mecanismos de motivación mediados por la dopamina, lo que refuerza que los gestos orofaciales son marcadores de un estado afectivo y no solo de la urgencia por comer.
Este hallazgo establece un marco experimental novedoso para investigar los orígenes evolutivos del procesamiento afectivo en el reino animal. Al identificar conductas que rastrean el “gustar” (hedonia) de forma separada al “querer” (motivación), la ciencia cuenta ahora con una herramienta objetiva para explorar las emociones en invertebrados. Los autores del estudio señalan que estas reacciones orofaciales son funcionalmente similares a las muecas observadas en bebés humanos y otros mamíferos ante sabores dulces o amargos, lo que sugiere que la capacidad de evaluación afectiva básica podría estar mucho más extendida en la naturaleza de lo que se había reconocido hasta hoy. El investigador Andrew Barron, de la Universidad Macquarie, comentó que “siempre ha existido una tensión entre considerar a los insectos como animales o como una especie de minirobots” y que ahora se ha dado una oportunidad “para demostrar que las abejas tienen una vida interior”.
El científico precisó a la agencia de noticias *EFE* que “entre una
abeja y una mosca no hay grandes diferencias en la organización del cerebro, estos significa que existen más aspectos que tener en cuenta a la hora de tratar a los insectos o reaccionar ante ellos”. Esta declaración destaca la similitud cerebral entre distintas especies de insectos, lo que invita a reconsiderar cómo los humanos interactúan con ellos.

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