Más que una cumbre para tomar decisiones puntuales, Ankara se perfila como el escenario donde comenzará a definirse el equilibrio de poder que marcará el futuro de la organización. France 24

La 36ª cumbre de la OTAN, que se celebrará entre el 7 y 8 de julio en Ankara, no será una reunión de aliados más. La organización transatlántica llega a Turquía en medio de una combinación inédita de presiones externas e internas: una Rusia cada vez más agresiva, una guerra en Ucrania sin horizonte de solución y, sobre todo, una creciente incertidumbre sobre el compromiso de Estados Unidos con la seguridad europea bajo la segunda Administración de Donald Trump.

Durante décadas, el principal desafío de la Organización del Tratado del Atlántico Norte fue contener amenazas externas. Hoy, la mayor grieta está al interior de la alianza: el factor que más condiciona su cohesión proviene del propio liderazgo estadounidense. Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha endurecido su discurso hacia los aliados europeos. Las diferencias sobre el respaldo a Ucrania, las críticas por la falta de apoyo europeo durante la ofensiva estadounidense contra Irán, sus reiteradas amenazas sobre Groenlandia y, especialmente, sus dudas sobre el cumplimiento automático del Artículo 5 del tratado han erosionado la confianza entre Washington y las capitales europeas.

Aunque ningún gobierno cuestiona públicamente la continuidad de la alianza transatlántica, el ambiente previo a la cumbre en Ankara está marcado por una desconfianza que varios analistas describen como la más profunda en décadas. El interrogante ya no es únicamente cuánto gastan los europeos en defensa, sino hasta qué punto pueden seguir dependiendo del paraguas militar estadounidense.

Durante años, Donald Trump centró sus críticas en el bajo gasto militar europeo. Ese debate parece parcialmente superado tras el compromiso adquirido por los aliados de avanzar hacia una inversión equivalente al 5% del PIB en defensa durante la próxima década. Ahora la discusión ha evolucionado hacia un asunto mucho más complejo: el reparto efectivo de responsabilidades militares. Washington ya ha anunciado la revisión de su despliegue convencional en Europa y ha iniciado el retiro de parte de sus tropas y capacidades estratégicas, con la intención de concentrar más recursos en el Indo-Pacífico.

La guerra en Ucrania ha sido la prueba de fuego que evidenció la dependencia europea de Washington. Pese al aumento del gasto en defensa, gran parte del armamento que sostiene a Kiev sigue siendo estadounidense o depende de tecnología norteamericana. Las capacidades estratégicas más sensibles —inteligencia, transporte militar, vigilancia satelital, defensa antimisiles, logística y disuasión nuclear— permanecen concentradas en Estados Unidos. Alemania acelera su rearme, Francia mantiene su liderazgo militar y varios países incrementan sus presupuestos, pero esa mayor inversión todavía no elimina una dependencia estructural.

La transición hacia lo que el Pentágono denomina "OTAN 3.0" obligará a Europa a asumir un papel más activo en su propia defensa convencional, mientras Estados Unidos buscaría concentrarse en la disuasión nuclear y en sus prioridades frente a China. Para Turquía, la cuestión central será cómo ejecutar ese cambio sin debilitar la capacidad disuasoria de la Alianza ni generar vacíos de seguridad.

La experiencia ucraniana también ha revelado que la innovación táctica puede compensar parcialmente la escasez de recursos, pero no sustituye la capacidad industrial. Ucrania ha desarrollado nuevas formas de emplear los sistemas Patriot, drones e interceptores, aunque la falta de misiles y de producción suficiente sigue limitando su defensa frente al creciente volumen de ataques rusos.

Ankara volverá a confirmar que el respaldo a Ucrania sigue siendo un eje estratégico de la OTAN. Los aliados prevén ratificar un nuevo paquete de asistencia militar por unos 70.000 millones de euros durante este año y mantener un nivel similar en 2027. Pero el verdadero desafío no reside únicamente en anunciar nuevas cifras. Europa deberá demostrar que puede sostener ese esfuerzo durante una guerra de desgaste mientras incrementa simultáneamente sus propias capacidades militares.

Al mismo tiempo, Rusia mantiene una elevada producción de armamento, amplía su fuerza militar y continúa adaptando su estrategia ofensiva. Esto alimenta la preocupación de que Moscú pueda aumentar la presión sobre otros flancos de la Alianza una vez concluya el conflicto en Ucrania.

La agenda de Ankara también evidencia un giro profundo en la concepción de la seguridad. La OTAN ya no centra su atención únicamente en una invasión convencional; ahora los sabotajes contra cables submarinos, los ciberataques, la desinformación, las campañas de influencia política, la protección de infraestructuras críticas, el desarrollo de inteligencia artificial aplicada a la defensa y la creciente cooperación estratégica entre Rusia y China configuran un nuevo escenario de amenazas híbridas. Esta evolución obliga a la organización a modernizar no solo su capacidad militar, sino también sus mecanismos de coordinación política y tecnológica, en un entorno donde las fronteras entre la guerra y la competencia estratégica son cada vez más difusas. La reunión de Ankara difícilmente resolverá todas las tensiones que atraviesan la OTAN, pero sí puede marcar el inicio de una nueva etapa para la organización. Por primera vez desde el final de la Guerra Fría, Europa comienza a asumir que su seguridad ya no puede descansar exclusivamente sobre Estados Unidos. La Alianza seguirá siendo el principal instrumento de defensa colectiva occidental, pero su funcionamiento será necesariamente distinto si Washington reduce progresivamente su presencia militar y exige que los europeos asuman una mayor carga estratégica. El mayor reto para la OTAN no será únicamente contener a Rusia o responder a nuevas amenazas globales. Será demostrar que puede adaptarse a un escenario en el que el liderazgo estadounidense ya no resulta tan previsible como durante las últimas siete décadas. La capacidad de gestionar esa transición sin fracturar la cohesión política de la Alianza será, probablemente, el verdadero examen que comienza en Ankara. Gianni Infantino rompe su silencio y aclara que la anulación de la expulsión de Balogun fue decisión del Comité Disciplinario El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, rompió su silencio y confirmó que la anulación de la expulsión de Balogun fue una decisión del Comité Disciplinario, no de su despacho. En una conversación con Donald Trump, aclaró que la FIFA es independiente. Mientras tanto, Trump habló con Putin y Zelenski sobre el fin de la guerra en Ucrania, aunque los ataques no cesan. Desde el Monte Rushmore, el mandatario estadounidense declaró que "EE.UU. es la nación más libre y más fuerte de la historia". En el plano local, se autorizó el viaje del canciller Carlos Pareja a EE.UU. por el bicentenario de relaciones diplomáticas bilaterales. En otro ámbito, un hombre devoró 66 'hot dogs' en 10 minutos en el tradicional concurso de Nueva York. Además, según el Wall Street Journal, el gobierno de Trump habría frenado el regreso de Machado a Venezuela tras los terremotos. En el deporte, Héctor Cúper reveló que trabaja en nuevas ideas para el Torneo Clausura, considerando a Lapadula y Valera desde el arranque. Finalmente, Keiko Fujimori afirmó que acelerará el crecimiento económico: “esperamos terminar este año en 3,8% y el próximo entre 5% y 6%”.

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