Hay pocas ironías tan crueles como la que dejó este Mundial: terminó siendo Erling Haaland, probablemente el futbolista que mejor representa el modelo europeo contemporáneo, quien eliminó a la selección que durante décadas enseñó al planeta que el fútbol también podía bailarse. Lo curioso es que Haaland ha recorrido este Mundial con un perfil sorprendentemente discreto. Mientras la conversación giraba alrededor de otras figuras, el noruego fue acumulando goles con la naturalidad de quien convierte la eficacia en una rutina. Ya suma siete tantos, comparte la cima de la tabla de goleadores y fue suficiente para derribar a un gigante que volvió a parecer incómodo consigo mismo.
Brasil no perdió únicamente porque Noruega jugó un gran partido. Perdió porque volvió a mostrar una crisis de identidad que lleva años incubándose. En su afán por recuperar la supremacía perdida, decidió modernizarse mirando hacia Europa. No hay nada reprochable en incorporar nuevos métodos, perfeccionar la táctica o mejorar la preparación física. El problema aparece cuando la modernización deja de ser una herramienta y empieza a reemplazar aquello que hizo único a un equipo.
Durante medio siglo Europa quiso aprender a jugar como Brasil. Hoy Brasil parece empeñado en aprender a jugar como Europa. Europa evolucionó sin dejar de ser Europa. Alemania siguió creyendo en el orden. Italia en el rigor. España en la posesión. Francia en la potencia y el talento. Brasil, en cambio, fue desprendiéndose lentamente de aquello que lo distinguía: la irreverencia, la imaginación, la alegría para jugar.
La contratación de Carlo Ancelotti, uno de los mejores entrenadores de todos los tiempos, no lo hace responsable de la eliminación —sería injusto—, pero simboliza un recorrido revelador: nunca antes la selección absoluta de Brasil había confiado en un técnico europeo. Esa decisión expuso hasta qué punto el país sintió que las respuestas debían buscarse fuera de casa. A esto se suma una realidad difícil de revertir: los futbolistas brasileños parten cada vez más jóvenes a Europa, donde aprenden sus ritmos, prioridades y manera de entender el juego antes de terminar de absorber la identidad futbolística con la que Brasil conquistó al mundo. El resultado son jugadores extraordinarios, pero cada vez menos reconocibles como brasileños. Las lágrimas de Neymar parecen las de un fútbol extinto. Nadie pide volver a 1970 ni renunciar al progreso —sería absurdo—, pero la evolución no consiste en dejar de ser uno mismo, sino en encontrar nuevas formas de seguir siéndolo. Durante décadas Europa quiso aprender a bailar como Brasil. Hoy Brasil parece decidido a caminar como Europa. Y quizá, sin darse cuenta, dejó de escuchar la música que lo convirtió en leyenda.
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