Los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan, del diario The New York Times, sabían que entrevistar a Donald Trump no era como hablar con cualquier otro mandatario. El presidente de Estados Unidos, que según su propia percepción se considera "superior" a Hitler, Stalin y Mao desde una perspectiva histórica, accedió a recibirlos en la Casa Blanca para discutir el contenido de su nuevo libro, "Cambio de régimen", que expone los entresijos del primer año de su segundo mandato. La publicación, que ya es un éxito de ventas, ha desatado la furia del inquilino de la Casa Blanca, cuya familia se ha visto beneficiada económicamente por sus decisiones gubernamentales.
Trump, que odia con especial fascinación al diario neoyorquino y a sus periodistas, no quería que el libro se publicara sin incluir su propia versión de los hechos. "No les daría ese gusto a sus enemigos", pensó, y procedió en consecuencia. Aceptó la entrevista porque consideró que era una oportunidad increíble para castigar, como a niños malcriados, a Haberman y Swan. "Yo sé que tu libro será crítico, pero recuerda esto: la gente está harta de tus tonterías. Siempre estás criticando", le espetó Trump a Haberman durante la conversación.
Ni Haberman ni Swan eran desconocidos para el mandatario republicano. La periodista ya había escrito 'Camaleón: la invención de Donald Trump' (2024), uno de los mejores libros que destripó la historia y personalidad del presidente, y es reconocida por contar con fuentes excepcionales en su círculo íntimo. Por su parte, Jonathan Swan, al igual que Haberman, ha firmado grandes destapes sobre la actuación depredadora del inquilino de la Casa Blanca. Trump les atribuía ataques sin piedad durante su primera presidencia, y quería decirles que se habían equivocado, que no pudieron impedir que volviera al poder con un triunfo arrollador y que no les permitiría que dañaran su reputación durante el segundo gobierno en curso.
Los reporteros sabían que Trump hablaba en serio: en 2025 demandó por difamación al New York Times y a cuatro reporteros por un conjunto de artículos y un libro que exponían que había logrado una fortuna mediante el fraude sistemático ('Lucky Loser: How Donald Trump Squandered His Father’s Fortune and Created the Illusion of Success'; 'Perdedor afortunado: cómo Donald Trump despilfarró la fortuna de su padre e inventó la ilusión del éxito'; por Russ Buettner y Susanne Craig, 2024).
“Me acusaron sin pruebas, me sometieron a juicio político, hicieron de todo. Incluso me dispararon. Supongo que así se podría decir. Pero gané las elecciones por goleada. Nadie más podría haberlo hecho”, se quejó Trump ante los periodistas, según relatan Maggie Haberman y Jonathan Swan en su libro ‘Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump’ (‘Cambio de Régimen: La Presidencia Imperial de Donald Trump por dentro’, 2026). Al presidente no le importaba lo que los reporteros publicaran; solo quería decirles que había regresado al poder mejor que nunca y con mucho, muchísimo más poder, incluso en términos de la historia de la humanidad.
El Donald Trump que con tanto esfuerzo retrató el reconocido reportero del Washington Post, Bob Woodward, en tres libros sobre su primer mandato (‘Miedo’, 2018; ‘Rabia’, 2020; y ‘Peligro’, 2021) corresponde a una persona muy diferente de la que consiguieron exponer Haberman y Swan en ‘Cambio de Régimen’ (2026). Trump es mucho peor de lo que pensaban sus detractores, y brutalmente “mejor” de lo que esperaban sus admiradores.
“Solo hay una cosa que pueden decir de mí que quizás alguien creerá. ¿Y saben qué es? Básicamente, yo gané todas las malditas veces. ¡Estoy cansado de ganar y ganar y ganar y solo recibir mala prensa! Ya es hora de que digan la verdad. ¿De acuerdo?”, rezongó con voz altisonante Trump, haciendo el papel que tanto le place a él y a sus súbditos de la Casa Blanca: humillar al que no está en el poder. Trump no se siente el mejor presidente del siglo XXI, sino de toda la historia. Ese convencimiento es el motor de sus actos, desde mentir descaradamente hasta romper las leyes en su propio beneficio. La base de ese pensamiento es una alucinación. Su convicción no se sustenta en los hechos. Aunque tampoco le importa mucho.
Con una larga experiencia como corresponsales en la Casa Blanca, Haberman y Swan saben perfectamente cómo estimular a un megalómano: preguntándole cómo se veía en el espejo de la historia. ¿Sabe si hay alguna referencia en la historia sobre un presidente estadounidense tan poderoso como él? Fue como entregarle el dulce favorito a un niño goloso. Con falsa modestia, Trump respondió: “No puedes hablar de tu poder. ‘¡Oh, soy tan poderoso!’. No puedes hacer eso. No queda bien”, les dijo a los periodistas, al tiempo que les entregó una copia del trabajo del historiador que había mencionado. Como narran los reporteros en el libro, no se trataba de un académico, sino de un simple aficionado que afirmaba que Donald Trump supera incluso el poder que acumularon Adolf Hitler, José Stalin y Mao Zedong, ni más ni menos. Sí, los tres dictadores a quienes se les atribuye los mayores asesinatos en masa del siglo XX.
Los reporteros Maggie Haberman y Jonathan Swan confirman en su libro que Donald Trump ha convertido la Casa Blanca en el mejor negocio de su vida. Tras una minuciosa investigación sobre el primer año de su nueva administración, constataron que el mandatario y su familia son infinitamente más ricos gracias a decisiones presidenciales que favorecieron sus propias inversiones. Trump diluyó el concepto de conflictos de interés, burló la acción de las entidades reguladoras y otorgó diferentes formas de indulto a socios y potenciales inversionistas para un negocio con sus hijos: las criptomonedas.
La advertencia ya la había lanzado el periodista de investigación neoyorquino Wayne Barrett, quien expuso las trampas, estafas y delitos de Trump como empresario inmobiliario en los años 80 y 90. Barrett advirtió que este se involucraba en la política únicamente por intereses financieros. En 2016, al presentar la nueva versión de su libro 'Trump: The Deals and the Downfall' ('Los negocios y la caída de Trump'), publicado originalmente en 1992, reiteró su profecía. “Donald Trump y su padre Fred forjaron carreras empresariales con fondos estatales, convirtiendo sus conexiones en un botín público. Por lo tanto, no debería sorprender que Donald ahora pretenda convertirse en el propio Estado: la gran culminación de un plan de negocios familiar mediante la fusión sin precedentes del poder político y privado con inquietantes consecuencias”, escribió Barrett pocos días antes de que Trump juramentara como el presidente número 45 de Estados Unidos.
El propio Trump creía que su poder superaba al de Hitler, Stalin y Mao, a quienes consideraba figuras de alcance local, no global. Ni siquiera Napoleón le hacía sombra, según afirmaba a partir del “estudio histórico” de un fanático trumpista. Lo más sorprendente es que lo creía fervientemente, pero dejaba que otros lo dijeran (“No puedes hablar de tu poder. ‘¡Oh, soy tan poderoso!’. No puedes hacer eso. No queda bien”).
“Sentía un evidente placer estar en compañía de Mao, Hitler y Stalin, maestros del control estatal mediante el asesinato, la tortura y la detención, y Napoleón. Y demostraba una despreocupada facilidad con la que aceptaba un lugar entre hombres que habían transformado el mundo mediante la conquista y el miedo. No hacía distinción entre quienes construyeron y quienes destruyeron, entre quienes liberaron y quienes esclavizaron. Lo que importaba era que ellos habían tenido un poder inmenso, y que él tenía aún más”, escriben Haberman y Swan.
Trump queda en ridículo con sus propias palabras. Los autores no tuvieron que añadir nada.
Trump ha convertido la Casa Blanca en el mejor negocio de su vida. Foto: IA
Los periodistas Maggie Haberman y Jonathan Swan señalan en su libro que “Trump admitía que no sabía cómo funcionaban, pero sus hijos sí. Y eso le llamaba la atención”. Esa fascinación marcó un giro radical en su postura: durante su primer gobierno no solo expresó su desagrado por el negocio de las criptomonedas, sino que hablaba muy mal de quienes manejan e invierten en ese rubro que ha cambiado la economía mundial. Sin embargo, cambió de parecer cuando sus vástagos se interesaron y se involucraron en el asunto. “Para Trump, construir una fortuna siempre ha sido sencillo: algo físico, algo que se pudiera ver y tocar. Los bienes raíces y la construcción le parecían intuitivos. Nunca había sido un experto en altas finanzas, y la mayoría de las élites de Wall Street siempre lo habían menospreciado. Ahora parecía desconcertado por las vastas riquezas que le llegaban gracias a las criptomonedas”, escriben.
Un reciente reportaje del periódico The New York Times, publicado el 1 de julio, lo confirma: seis meses después de comenzar su segundo mandato, Trump era más rico que nunca, gracias en gran parte a las inversiones en el negocio especulativo de las criptomonedas, una industria que su nueva administración era responsable de regular. En el primer año de su administración, Trump y su familia han conseguido ingresos por US$1.400 millones de las criptomonedas, aparte de otros US$800 millones por inversiones inmobiliarias y similares. Esto suma más de US$2.200 millones en 2025. Para tener una idea de lo que significa, en 2024 el “presidente con más poder en la historia” declaró ingresos por US$622 millones. Ha convertido la Casa Blanca en parte de su imperio.
'Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump', por Maggie Haberman y Jonathan Swan. Simon & Schuster. New York, 2026.
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