En su último libro, 'La Tentación Autocrática' (Debate/2026), el politólogo José Alejandro Godoy analiza el peso histórico de los gobiernos autoritarios en América Latina y su proyección actual. En esta entrevista, aborda el resultado de las elecciones, el estilo que inaugura el gobierno de Keiko Fujimori y las razones detrás del respaldo ciudadano a la mano dura.
Me voy a robar una pregunta que está en la tapa de tu último libro. ¿Por qué tantos ciudadanos en los últimos tiempos vuelven a confiar en el poder fuerte, en la mano dura?
Una primera razón tiene que ver con el tema de la seguridad. La gente busca sentirse segura. Un ejemplo que me gusta ponerles a mis alumnos es el siguiente. Imagínate a un señor de unos 45 años que se dedica a reparar un montón de cosas. Hace gasfitería, electricidad, albañilería. Y tiene su celular, que es al mismo tiempo el lugar donde lo contacta la gente y el lugar al cual le hacen los pagos. Si a esa persona le roban el celular, no solamente está en riesgo su integridad física, sino que también tiene un impacto económico muy directo. Entonces, al final el ciudadano va a exigir: Oye, dame seguridad para que no me roben, para que no me afecten el bolsillo y para que no me puedan afectar a mí directamente. Y es por eso es que hay demandas de mano dura, de castigar fuertemente el crimen. Y eso no solamente pasa en el Perú, pasa en varias partes de América Latina. Si no, no tendríamos a alguien como Bukele, que en base a las demandas de seguridad se ha hecho del poder casi absoluto en El Salvador.
Claro, con un régimen así tienes ciertas garantías de seguridad, pero a cambio sacrificas un montón de libertades.
Es el clásico dilema de seguridad que te plantea Thomas Hobbes cuando se crea el Estado moderno. La idea de que, efectivamente, necesitas un Estado que te garantice seguridad básica y tú, a cambio, resignas ciertos derechos. Y eso, básicamente, es un Estado autoritario.
Ahora, hablábamos de Bukele y tú dices en el libro que su modelo no se puede reproducir en otros países de la región, ¿por qué?
No se puede reproducir por varios motivos. En primer lugar, porque El Salvador es un país mucho más pequeño.
La población es más pequeña.
Sí, pero incluso en Ecuador, que también es un país relativamente pequeño, no se ha podido reproducir el modelo. Eso es porque el modelo de Bukele no solamente implica mano dura, sino también, y lo sabemos por tus colegas de El Faro, negociación directa con las pandillas, con las organizaciones criminales. Y eso es algo que cruza una línea que ningún gobierno está dispuesto a aceptar. Y hay un tercer factor, la complejidad de las organizaciones criminales. Una cosa muy distinta es hablar de bandas organizadas, armadas, en El Salvador, y otra cosa es la operación de ciertas organizaciones que tienen conexiones con el narcotráfico en Ecuador. Son cuestiones muy distintas. Tú no puedes replicar ese modelo en México, en donde el narco tiene tomado parte del Estado mexicano. Y tampoco lo puedes equiparar con el caso del Perú, donde lo que tú tienes son organizaciones criminales extorsivas dedicadas a custodiar economías ilegales.
Si no se puede aplicar, ¿por qué muchos políticos de derecha ofrecen ese modelo?
No solo es inviable, sino que prometerse como un nuevo Bukele ya no genera tanta popularidad. Carlos Álvarez, por ejemplo, se vendía básicamente como un Bukele, pero la bandera del orden terminó siendo capitalizada por Keiko Fujimori, quien nunca mencionó al salvadoreño. José Williams también intentó perfilarse como un Bukele, y cuando Carlos Raffo lo asesoraba, sus videos con inteligencia artificial apuntaban en esa línea. Sin embargo, el rédito está en presentarse como el candidato del orden o el que combatirá la delincuencia, no como un clon de Bukele. Eso se vio también con De la Espriella en Colombia.
En el Perú, en esta última elección, pasaron a la segunda vuelta un proyecto que reivindicaba un gobierno nacido de un golpe de Estado, el de la señora Fujimori, y otro que defendía la réplica de un golpe de Estado, el de Roberto Sánchez. ¿Tienes alguna explicación para eso?
Esto ocurre, primero, porque el sector que podríamos llamar democrático se fragmenta en múltiples candidaturas. En la oferta estaban Jorge Nieto, Alfonso López Chau, Marisol Pérez Tello y otros que expresaban valores más cívicos, pero todos quedaron fuera de la segunda vuelta. Así que una primera razón es que ese sector no logra unificarse en una candidatura fuerte. Ahí es donde aparecen proyectos con raíz autoritaria que, además, tienen una organización sólida. El fujimorismo ha construido un partido, una estructura política. En el caso de Juntos por el Perú, de Roberto Sánchez, hay bases organizadas, pero alrededor de Pedro Castillo y de otros personajes como Antauro Humala. Eso permitió que Sánchez pasara ajustadamente a la segunda vuelta. Son identidades muy marcadas. Hoy, en el mundo político, y eso lo menciono en el colofón de La Tentación Autocrática, se observa un estancamiento o declive de la democracia, y en la región los proyectos políticos no son plenamente democráticos.
Ahora, ¿cuánto tiene que ver el encumbramiento de Donald Trump, en Estados Unidos, con este estado de cosas, con este debilitamiento democrático en la región?
Creo que es una influencia mucho más indirecta. Juntos por el Perú ha querido ver una injerencia directa del embajador (Bernie) Navarro, pero en el caso peruano es más bien indirecta. Es cierto que Trump ha respaldado candidaturas en otros lados: en Argentina apoyó abiertamente a Milei en las elecciones parlamentarias del año pasado, y en Colombia respaldó a De la Espriella. Pero eso no garantiza el éxito. En Europa, el gobierno de Trump no solo hizo campaña por Víktor Orbán en Hungría, sino que envió al vicepresidente J.D. Vance al país, y aun así perdieron por un margen mayor al que pronosticaban las encuestas. O sea, el endoso de Trump no es una garantía. De hecho, Keiko Fujimori no tuvo ese respaldo. Pero ¿dónde sí veo una influencia? Trump encarna lo que en ciencia política llamamos democracia iliberal: un demócrata que no cree en los valores liberales de la democracia y que arrincona a las instituciones. Ese tipo de liderazgo ha hecho que la democracia ya no sea una prioridad en la política exterior de Estados Unidos, y el caso de Venezuela es el más evidente.
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En cuanto a la relación de Keiko Fujimori con los medios, Godoy es categórico: “Ella normalmente no va a espacios donde le hagan preguntas incómodas”. Recuerda que la última entrevista incómoda que se le hizo fue en la campaña del 2016, en El Comercio, cuando el diario tenía otro director y otra gente a cargo. “Por ejemplo, a La República nunca le ha dado una entrevista, y yo no creo que en…”, señala, dejando entrever que no espera un cambio de actitud. Esto contrasta con su primera entrevista como presidenta, que fue con un experto en coaching que le preguntó sobre sus secretos de belleza.
Godoy también analiza el control de los órganos de justicia en los regímenes autoritarios. “Para entender eso, primero hay que decir que hoy en día la política se ha judicializado, porque varias políticas públicas pasan por el Poder Judicial o por el Tribunal Constitucional. Y el destino de muchos líderes también se ha judicializado”, explica. Detalla que hay desde juicios por alimentos hasta procesos penales, y eso determina las probables candidaturas. El Tribunal Constitucional se vuelve clave en ese contexto, porque permite evitar que la oposición pueda impugnar judicialmente las decisiones del gobierno o ganarlas y pelearlas en ese terreno. “Es una cosa de manual, para regímenes autoritarios, tomar control de los órganos de justicia y del TC”, afirma, y agrega: “Totalmente de manual. Además, normalmente es la arena judicial donde se disputan las cosas”.
Respecto a la situación en Venezuela, Godoy define lo que hay hoy como “un gobierno autoritario, competitivo, tolerado por los Estados Unidos, en tanto y en cuanto brinde acceso a reservas petroleras”. Sostiene que a Donald Trump no le interesan, por ahora, algunos márgenes de restablecimiento del orden democrático. “Hay ahí todo un conjunto de tensiones que hacen que ni siquiera podamos hablar de una transición plenamente dicha, sino más bien de una situación en la cual Delcy Rodríguez tiene la sartén por el mango y efectivamente puede seguir manejando Venezuela como se venía manejando antes”, puntualiza.
En otro momento, al abordar el fenómeno de Bukele, Godoy recuerda que una de las primeras dictaduras mediáticas muy fuertes en América Latina, en los años 90, fue la de Alberto Fujimori. “Por eso es que compra la televisión, compra los medios sensacionalistas y además comienza a meterse también en el mundo de internet”, dice. Menciona al personaje argentino Héctor Faisal, que fabricaba en la web lo que salía en la prensa chicha: “En eso, Fujimori fue un pionero”. Luego contrasta con Hugo Chávez, que apelaba mucho más a la televisión con sus cadenas nacionales, replicadas después por Rafael Correa y también por López Obrador y Sheinbaum, sin ser estos dos últimos autoritarios, aunque con rasgos populistas muy claros. En el caso de Bukele, plantea que es la idea de un presidente millennial que se mete en las redes sociales. “Su aparato de propaganda busca a jóvenes influencers para que le hagan entrevistas complacientes y ‘humanas’”, señala, indicando que ya no importa solo controlar los medios sino tener una narrativa sobre quién es el líder.
“Ella no da ningún paso sin antes pensarlo o decirlo. Calcula muy bien cada una de las cosas que quiere hacer y nunca ha tenido entrevistas fuertes”, afirma Godoy sobre Keiko Fujimori. La lideresa de Fuerza Popular, según el analista, siempre ha controlado sus apariciones públicas: “Nunca ha sido una persona espontánea en ese sentido. Siempre le ha gustado el escenario más o menos controlado, la entrevista más o menos amable, que tenga algún tipo de cariz en el que no solamente se hable de política sino de su rostro humano”. En esa línea, califica su reciente entrevista con Ismael Cala como una de “control de daños familiar”, centrada en su hermano, su padre y su madre, para revertir la imagen de “mala hermana o mala hija” que, presume, le habría salido en algún focus group y que explicaría “buena parte de las resistencias que ella debe haber tenido en esta campaña electoral”.
Godoy subraya que, pese a que Camaná está a solo tres cuadras de Palacio de Gobierno, Keiko Fujimori no se acerca a pie: “Digamos que no se va a cansar si viene a pie. No pues, es cosa de tres cuadras nada más, pero Keiko Fujimori siempre ha controlado sus apariciones públicas”.
En otro tramo de la conversación, el autor sostiene que entre 2000 y julio de 2016 el Perú vivió “el periodo democrático más pleno de su historia”. Aclara que no fue “el paraíso ni mucho menos”, pero que en esos años “estuvimos en otro Perú”: los presidentes duraban cinco años, “había ciertas líneas que no se cruzaban”, un mejor trato entre los políticos y “ciertos modales democráticos”, como saludar al ganador de una elección. Ese contexto se vio incentivado por un mayor crecimiento económico, aunque “ese crecimiento no chorreaba”, y por la existencia de “algunos buenos servicios por parte del Estado o reconocimiento pleno de derechos”. En suma, “era mucho más funcional que lo que tenemos ahora”.
Consultado sobre qué ocurre a partir de 2016, Godoy responde: “Hay una discusión larga sobre cómo definimos al periodo. Yo creo que es la era de la inestabilidad y podríamos compararla con la década de 1840, cuando hay toda una sucesión de gobernantes muy breves”.
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