En el marco de las celebraciones por el Día del Maestro, compartimos un fragmento del libro “Escuela de Abril”. En este pasaje se evoca la infancia escolar en el distrito, donde el Centro Escolar de Varones 255 era el más importante de la zona. Fundado a comienzos de la década del 40, este plantel ya ofrecía Primaria completa, algo excepcional en un contexto donde la mayoría de la población solo podía cursar los primeros años. Quienes tenían cierto nivel económico migraban especialmente a Trujillo para continuar sus estudios.
El local se ubicaba en la Plaza de Armas, casi a todo lo largo de la calle inferior o Bolognesi, frente a la iglesia. Era un edificio de tres pisos: el primero, que comunicaba con un descampado inferior, permanecía inconcluso y abandonado, sin puertas ni ventanas, y servía más bien como muladar. El segundo piso recién se comunicaba con la calle principal y allí funcionaban la dirección y las aulas. No había patio de formación; esta se realizaba a un costado de la Plaza, donde también tenían lugar los recreos. El balcón era corrido, de un extremo a otro del extenso local. El tercer piso también estaba inconcluso y no albergaba ninguna dependencia. Las actuaciones trascendentales se realizaban en el atrio de la iglesia parroquial, a cuyo costado funcionaba el local de la Guardia Civil, antecedente de la Policía Nacional.
El primer día de clases, el maestro Artidoro Rosario Pimentel recibió al autor. Era un hombre muy culto y preparado, que vestía elegante terno oscuro y ejercía un gran liderazgo intelectual y cultural en la población. Fue abuelo materno del poeta y promotor cultural Godofredo Guevara Rosario, quien años después, ya adulto, publicó el poemario “Rostros sangrantes” y fundó y dirigió la revista “Kallay”, de la Asociación Salpina de Trujillo.
Mi hermano Carlos Medardo, muy hábil en el dibujo, la pintura y el trabajo manual, fue mi verdadero orientador en la escuela. Además de los consejos de mi madre sobre cómo saludar a los maestros, comportarme en el aula o pedir permiso, él me guió en mis primeros pasos. Recuerdo que iniciar mis estudios me generó mucha emoción y expectativa, no nerviosismo. Me marcó especialmente una canción muy popular en las escuelas de aquella época, de un autor centroamericano, que decía: “Cual bandada de palomas / que regresan del vergel, / ya volvemos a la escuela anhelantes del saber”.
El maestro Artidoro era un caballero alto, delgado, educado y venerable, líder intelectual del pueblo, casi un sabio. Al cruzar la entrada del primer salón, me dio una afectiva y emocionante palmada que me transmitió un hermoso sentimiento de bienvenida. Ese gesto me impactó tanto que nunca lo he olvidado. Sin embargo, en realidad, empecé la Transición (equivalente al actual primer grado de Primaria) con la maestra Cristina Rodríguez. Era alta, buena moza, simpática, elegante y muy recta, la única mujer entre los maestros, pero de ella no guardo buenos recuerdos. Terminó desaprobándome de año solo porque no pude pronunciar correctamente la letra “erre” al leer en voz alta. Por su culpa repetí Transición. Con los años, esa antipatía se me perdió y hoy lo recuerdo solo como una anécdota.
En esos días en que el mundo era pura magia e ilusión, los otros maestros fueron: Estuardo Meléndez Lucas, gran futbolista; Wilfredo Bocanegra López, destacado matemático; Diómedes Rosario Peralta, quien luego dejó la docencia para hacerse abogado y accedió a la magistratura hasta ser nombrado Presidente de la Corte Superior de Justicia de La Libertad; y el violinista jaujino Luis Bauer Miranda, que amenizaba las noches con la magia de su añorante violín desde su residencia en una calleja del centro del pueblo, bajando la artística residencia de don Mario Meléndez Vidal. Todos estaban bajo la conducción del maestro Darío Neyra Herrera, contemporáneo de mi madre y de mis tías Evita y Juanita, quienes referían que en su niñez lo molestaban con el apelativo de “Gringo pate’ jeringo”, en alusión a su tez sonrosada y fina. Él no solo dirigía la escuela, sino que vigilaba varios aspectos de la población, como el aseo y la limpieza.
Entre los maestros que tuve también recuerdo a un hombre de formación protestante —no preciso a qué secta pertenecía—, noble, generoso, educado y sencillo. Además de sus lecciones, nos proporcionaba libros de historias bíblicas. Creo que apellidaba Oliveros. En aquella época, todos los profesores vestían con mucha decencia y elegancia, siempre con terno y corbata, lo que les comunicaba un aire de prestancia y ascendencia educativa y social. Por eso no era imaginable la presentación de profesores desclasados y pauperizados como la mayoría de la actualidad.
La llegada de un nuevo director era un acontecimiento extraordinario para todo el pueblo. La población, encabezada por las autoridades, se concentraba a la entrada del pueblo, en la histórica explanada de la Casa de Lata. Allí, entre lanzamiento de cohetes, vítores, poesías y discursos, era recibido el nuevo director de la escuela, el nuevo comandante de la policía, el nuevo párroco y otra personalidad visible. Luego la comitiva se desplazaba a lo largo de la calle Ramón Castilla al compás de la banda de músicos “Lira Salpina”, integrada especialmente por don Daniel Bocanegra y sus hijos: Eligio, Célforo, Isidro, Daniel, Pompilio y unos cuantos adherentes, como don Ruperto Luján y su infaltable pistón; don Daniel Rosario y el rítmico golpe del bombo, o los platillos que hacía sonar don “Pío Nono”.
Así vi llegar al maestro Darío y a su sucesor Esteban Corbera Vilcarromero. Otros directores han sido Víctor Tenorio, Fortunato Vereau Loyola, Himler Alva. Lo mismo debió ocurrir con las directoras de la Escuela de Mujeres N° 256, de quien recuerdo solamente en tan elevado cargo a la profesora Maximina Espejo Caballero.
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