El primer mensaje del nuevo gobierno no será el discurso del 28 de julio, sino los nombres del gabinete. A través de ellos se sabrá si la presidenta ha comprendido que ganó una elección, pero recibe un país partido por la mitad. No recibe un cheque en blanco, sino un mandato de concertación. No hay lugar para la soberbia ni para la revancha; son tiempos de rescate y reconstrucción. Keiko Fujimori ofreció un gobierno abierto, técnico y de unidad, promesa que debe concretarse en un gabinete plural, amplio y representativo, no en un reparto de cuotas. El Perú necesita a los mejores, cualquiera sea su procedencia política, siempre que reúnan tres condiciones inseparables: capacidad, experiencia y probidad.

La agenda del día siguiente debe concentrarse en tres emergencias. La seguridad, para combatir el crimen organizado, la extorsión y el sicariato que alteran la vida cotidiana y debilitan la autoridad del Estado. La salud, cuando millones de peruanos enfrentan demoras, falta de medicamentos y servicios colapsados. La economía exige recuperar confianza, inversión y empleo sin abandonar a quienes permanecen en la informalidad y la pobreza. Luis Carranza en el equipo económico será una señal de experiencia, pero ningún nombre, por prestigioso que sea, sustituye una política abierta y de conjunto.

Las tres prioridades deben asegurar una condición innegociable: la honestidad. Sin probidad, la seguridad se infiltra, la salud se convierte en negocio y la economía pierde credibilidad. No es una victoria partidaria; gran cantidad de votos han sido votos contra Roberto Sánchez. Se trata de reconstruir la autoridad pública desde la legitimidad, la capacidad y el servicio. El nuevo gobierno debe comenzar uniendo, atendiendo, limpiando y, sobre todo, escuchando.

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