El MiG-25 entró en servicio con la Fuerza Aérea Soviética en 1970. Foto: JetKat / Shutterstock

Más de cinco décadas después de su entrada en servicio, ningún caza de producción ha logrado superar la velocidad del Mikoyan-Gurevich MiG-25, un interceptor soviético que debutó en 1970 y que aún ostenta el récord como el avión de combate más rápido jamás construido. Mientras los cazas actuales apuestan por sigilo, sensores avanzados y redes de combate, el MiG-25 sigue imbatible en velocidad pura.

Su desarrollo comenzó a principios de la década de 1960, en plena Guerra Fría. La Unión Soviética necesitaba una aeronave capaz de interceptar amenazas de gran altitud y alta velocidad, como el bombardero XB-70 Valkyrie y el avión de reconocimiento Lockheed SR-71 Blackbird. Concebido para enfrentar esos peligros, alcanzar su máximo rendimiento tenía un precio.

Oficialmente, el MiG-25 estaba limitado a una velocidad operativa de Mach 2,83, pero era capaz de llegar brevemente a Mach 3,2, lo que equivale a más de 3.500 km/h. Sin embargo, esa capacidad extrema escondía un grave inconveniente: volar a ese ritmo podía causar daños irreversibles en sus motores e incluso inutilizarlos por completo. El interceptor fue diseñado para alcanzar velocidades extremas, pero con el riesgo de autodestruirse en el intento.

La aeronave es capaz de alcanzar alrededor de Mach 3,2, superando los 3520 km/h. Foto: Leonid Faerberg / Wikimedia

La aeronave es capaz de alcanzar alrededor de Mach 3,2, superando los 3520 km/h. Foto: Leonid Faerberg / Wikimedia

El MiG-25, cuyo prototipo voló por primera vez en 1964 y entró en servicio en la Fuerza Aérea Soviética seis años después, fue diseñado con un propósito muy específico: maximizar la velocidad y el ascenso a grandes altitudes. A diferencia de los cazas modernos, que priorizan la maniobrabilidad, la baja detectabilidad y los sistemas electrónicos avanzados, este interceptor apostó todo a la potencia bruta. Para lograrlo, incorporó dos enormes motores turborreactores Tumanski R-15, un fuselaje delgado y una sección frontal reducida que minimizaba la resistencia aerodinámica en vuelo supersónico. Además, podía operar a más de 24.000 metros de altitud, una marca excepcional para un avión de combate.

Un rasgo clave de su construcción fue el uso de acero inoxidable en lugar de titanio. Este material, aunque más pesado, soportaba mejor el calor extremo generado durante vuelos prolongados por encima de Mach 2,5 y resultaba mucho más barato de fabricar. A velocidades cercanas a Mach 3, la temperatura superficial del avión podía superar los 300 °C, suficiente para debilitar las aleaciones convencionales de aluminio.

Sin embargo, esa velocidad tenía un precio alto. Pese a que el MiG-25 es recordado por alcanzar Mach 3,2, los pilotos rara vez se acercaban a ese límite. El tope operativo oficial era Mach 2,83; superarlo provocaba un rápido incremento de la temperatura en las turbinas y podía causar daños irreversibles en los motores R-15. De hecho, en numerosas ocasiones, los aviones que excedían Mach 3 necesitaban un reemplazo completo de los motores tras aterrizar.

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La velocidad tenía un precio muy alto

A Mach 3, la temperatura de la superficie del avión podía superar los 300 °C. Foto: Wikimedia

A Mach 3, la temperatura de la superficie del avión podía superar los 300 °C. Foto: Wikimedia

Las grandes alas del MiG-25, optimizadas para la estabilidad a gran altitud, no estaban diseñadas para combates cerrados. Esto lo convertía en un interceptor extremadamente veloz en línea recta, pero menos ágil durante maniobras de giro. A esa velocidad supersónica, el consumo de combustible se disparaba, reduciendo drásticamente su autonomía. En síntesis, el MiG-25 podía dejar atrás a casi cualquier aeronave en el cielo, pero lograrlo implicaba costos de mantenimiento y operación muy elevados.

Más de medio siglo después, sigue siendo una referencia

Más de cinco décadas después, pocos aviones de combate en servicio se acercan al rendimiento del MiG-25. El F-22 Raptor suele estar limitado a Mach 2, mientras que el F-35 Lightning II alcanza aproximadamente Mach 1,6. El MiG-31, desarrollado a partir del MiG-25, es uno de los interceptores más veloces actuales, con una velocidad cercana a Mach 2,8.

Solo una aeronave superó claramente al MiG-25: el Lockheed SR-71 Blackbird, capaz de mantener velocidades superiores a Mach 3,2 durante largos periodos. Sin embargo, existía una diferencia fundamental. El SR-71 no era un caza, sino un avión estratégico de reconocimiento diseñado para recopilar información, no para enfrentarse a otros aviones en combate.

El impacto del MiG-25 durante la Guerra Fría fue significativo, pero su verdadera naturaleza no se conoció hasta 1976. Ese año, el piloto soviético Víktor Belenko desertó a Japón a bordo de uno de estos cazas. El análisis occidental reveló un avión mucho más sencillo de lo esperado: electrónica de tubos de vacío, estructura de acero inoxidable y enormes motores. Aunque menos sofisticado de lo imaginado, cumplía su misión de interceptar objetivos a velocidades que pocos han igualado, incluso décadas después. Antes, a finales de los 60, las primeras imágenes de inteligencia occidental sobrestimaron sus capacidades de maniobra y nivel tecnológico, acelerando el desarrollo del programa que daría origen al F-15 Eagle. Así, el MiG-25, pese a su simplicidad interna, sigue siendo inalcanzable en velocidad desde 1970.

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