Un equipo de científicos confirmó la existencia de un enorme depósito de agua dulce oculto bajo el fondo marino frente a la costa este de Estados Unidos. Según las primeras estimaciones, su volumen sería suficiente para abastecer a una ciudad del tamaño de Nueva York durante unos 800 años, lo que lo convierte en uno de los depósitos subterráneos más grandes identificados hasta ahora en ambientes oceánicos.
La confirmación llegó tras una expedición científica realizada el verano pasado frente a la costa de Massachusetts. El proyecto, conocido como Expedition 501, se extendió durante tres meses y permitió extraer alrededor de 50.000 litros de agua desde tres puntos ubicados entre 30 y 50 kilómetros mar adentro, cerca de las islas de Nantucket y Martha’s Vineyard.
Los investigadores perforaron hasta unos 400 metros por debajo del lecho marino y encontraron una gruesa capa de sedimentos saturada de agua dulce, situada bajo otra capa más salina y sellada por arcilla y limo. Ese 'sello' actúa como una barrera natural que impide que el agua de mar se mezcle fácilmente con el reservorio.
Los análisis sugieren que esta masa de agua quedó atrapada hace unos 20.000 años, durante la última glaciación, cuando grandes capas de hielo cubrían la región. Aunque aún faltan más investigaciones, la reserva parece extenderse desde la costa de Nueva Jersey hasta el norte de Maine.
Los investigadores sugieren estudiar y comprender esta reserva de agua antes de explotarla como recurso.
Los miembros de la Expedición 501 durante una rutina de exploración. Foto: Carolyn Kaster
La historia del descubrimiento de esta enorme reserva de agua dulce bajo el océano se remonta a varias décadas atrás. Durante las décadas de 1960 y 1970, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) ya había detectado presencia inusual de agua dulce bajo el océano mientras realizaba estudios de recursos minerales y energéticos. Sin embargo, el hallazgo quedó en el olvido por un tiempo. “En la década de 1980, algunos miembros del USGS idearon cómo podría llegar allí esa agua dulce. Luego, la situación se estancó por un tiempo; nadie hablaba del tema”, dijo a Live Science Brandon Dugan, codirector científico de la expedición. Recién en 2003, estos registros fueron redescubiertos y se propusieron tres hipótesis sobre cómo el agua dulce podía llegar al fondo del océano.
Las pruebas químicas y físicas realizadas hasta ahora —que incluyen análisis de radiocarbono, isótopos y gases nobles— apuntan a que la mayor parte del agua provendría del deshielo de antiguos glaciares. Durante la última edad de hielo, enormes capas de hielo cubrían gran parte del noreste de Norteamérica y ejercían una presión suficiente como para forzar el agua de deshielo hacia el subsuelo, donde quedó atrapada bajo capas de sedimentos. Los científicos también consideran que pudo existir una contribución secundaria de agua de lluvia, especialmente en las zonas ubicadas frente a los frentes glaciares. En cambio, la hipótesis de que el agua proviniera de montañas altas cercanas a la costa fue descartada, ya que Nueva Inglaterra no presenta una topografía que favorezca ese tipo de infiltración masiva.
Para extraer muestras de agua, se perforó el fondo marino en tres lugares cerca de Martha's Vineyard y Nantucket. Foto: Expedition 501
Las mediciones de salinidad refuerzan la idea de un reservorio mayoritariamente dulce. En el punto más cercano a la costa, el agua contiene apenas una parte de sal por cada mil, el límite máximo considerado seguro para consumo humano. A mayor distancia, la salinidad aumenta, pero incluso en las zonas más alejadas sigue siendo considerablemente inferior a la del agua de mar.
El equipo de investigadores, liderado por Brandon Dugan, aclaró que la meta actual no es explotar el reservorio sino comprenderlo. “Nuestro objetivo es brindar una comprensión del sistema para que, si alguien necesita usarlo, tenga información para empezar, en lugar de tomar una decisión mal informada”, explicó el científico. Para la comunidad científica, el principal valor del hallazgo radica en la información que aporta: entender cómo se forman y conservan estos depósitos puede ser clave para futuras decisiones sobre gestión del agua, en un contexto de creciente presión sobre los recursos hídricos. Mientras tanto, el equipo continúa analizando muestras para estimar con mayor precisión su tamaño, estudiar los microorganismos presentes, evaluar la porosidad de los sedimentos y fechar con más exactitud las capas geológicas que lo contienen.
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