El principal soporte de la economía peruana no está dentro del país, sino en el sector externo. Los términos de intercambio se ubican alrededor de un 70% por encima de su nivel base del 2007, uno de los registros más altos de las últimas décadas. Este resultado responde al fuerte aumento en los precios de exportación –en particular cobre y oro– en un contexto de elevada demanda global vinculada a la transición energética, la inversión en infraestructura tecnológica y la búsqueda de activos refugio. De este nivel excepcional dependen el superávit comercial, la estabilidad cambiaria, una parte relevante de la recaudación fiscal y, en última instancia, el ritmo de crecimiento. Y es precisamente ahí donde aparece el principal foco de vulnerabilidad.
Sin embargo, en apariencia, la economía peruana atraviesa un momento que justifica el optimismo. El PBI cerró el 2025 con un crecimiento cercano al 3.4%, impulsado principalmente por la demanda interna, y todo indica que este dinamismo se extendería en el 2026. Los indicadores adelantados de comienzos de año muestran un buen desempeño y las expectativas empresariales para los próximos 12 meses continúan mejorando. Todo ello ocurre, además, en medio de un entorno político volátil y a pocos meses de las elecciones generales, un contexto que históricamente ha tendido a deteriorar la confianza. Conviene, no obstante, no engañarse: el verdadero motor del ciclo actual no está dentro del país.
El contexto global que sostiene los precios de activos y commodities muestra señales de fragilidad. Según el Chief Economists’ Outlook del Foro Económico Mundial, el 53% de los economistas prevé un deterioro de las condiciones económicas globales en el próximo año, mientras que solo un 19% anticipa una mejora. Aunque la economía mundial ha mostrado resiliencia, esta convive con riesgos crecientes: tensiones geopolíticas, elevados niveles de endeudamiento y valoraciones financieras exigentes.
Para el Perú, el vínculo es directo. Las correcciones globales se transmiten por dos canales —los mercados reales y los financieros— y ambos golpean el principal soporte del ciclo peruano: los precios de exportación. En el frente real, el riesgo central es una desaceleración de la demanda global por materias primas. La fragmentación geoeconómica, que incluye restricciones comerciales, tensiones tecnológicas y la reorganización de cadenas de suministro, introduce incertidumbre sobre el comercio mundial y, en especial, sobre el crecimiento de China, el mayor consumidor de metales. El propio Foro Económico Mundial identifica la “confrontación geoeconómica” como el riesgo con mayor probabilidad de desencadenar una crisis global en el corto plazo. Un menor dinamismo industrial global se traduciría rápidamente en menores precios del cobre y, por ende, en un deterioro de los términos de intercambio del Perú.
En el frente financiero, el riesgo se concentra en el carácter cada vez más estrecho del ciclo global. El fuerte repunte de las valoraciones bursátiles ha sido impulsado por un pequeño grupo de empresas tecnológicas ligadas a la inteligencia artificial, que ya representan cerca del 35% del S&P 500. De cara al final de la década, la inversión global en infraestructura vinculada a esta tecnología podría superar los US$ 6 billones, con una creciente participación de financiamiento vía deuda. Una corrección significativa en estos activos no sería solo un ajuste financiero: reduciría la inversión, afectaría el consumo mediante el efecto riqueza y podría desencadenar una desaceleración global. Si ese escenario se materializa, el impacto sobre el Perú no llegaría únicamente por el canal financiero, sino principalmente por la caída en la demanda global de commodities y el retroceso en los precios de exportación. Parte del reciente aumento en los precios de los metales ha estado asociado no solo a factores de demanda real, sino también a condiciones financieras internacionales favorables y a una mayor demanda por activos de refugio. Si esas condiciones cambian, la corrección podría ser rápida. Las implicancias serían significativas. En el frente fiscal, los ingresos públicos dependen en gran medida del ciclo de commodities, por lo que una caída en los precios de exportación ampliaría rápidamente el déficit. El cumplimiento de las reglas fiscales –ya tensionadas en los últimos años– descansa, en buena medida, en que el entorno externo continúe siendo favorable. En el frente financiero, un deterioro de los términos de intercambio presionaría el tipo de cambio y encarecería las condiciones de financiamiento, en un contexto global que ya enfrenta niveles elevados de deuda y posibles episodios de volatilidad. En el frente social, un crecimiento ralo implicaría una generación insuficiente de empleo formal y aumentaría el riesgo de estancamiento –o incluso reversión– en la reducción de la pobreza. Es importante ser muy conscientes de que el soporte actual de la economía peruana descansa en términos de intercambio en máximos históricos y en condiciones financieras internacionales benignas. Este entorno explica, en buena medida, la confianza empresarial y la sorprendente indiferencia frente a los riesgos políticos asociados al actual proceso electoral. En otras palabras, el optimismo descansa más en el viento externo que en fortalezas propias. Así, el deterioro externo impactaría tanto el tipo de cambio como el financiamiento, mientras que un crecimiento débil frenaría la creación de empleo formal y la reducción de la pobreza.
Exministro de Economía.
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