El delito que más se ha multiplicado en el Perú en los últimos tiempos es la extorsión, y ese es el mayor problema que Keiko Fujimori debe declararle la guerra desde el primer día de su gobierno, según advierte este Búho. El flagelo, que hoy tiene contra la pared a muchísimos peruanos, tuvo su origen en Trujillo alrededor del año 2004, cuando las bandas criminales comenzaron cobrando cupos a choferes de buses y mototaxis fuera de la ciudad. El ‘negocio’ resultó tan rentable que pronto se extendió a bodegas, boticas y otros pequeños negocios.

Sin embargo, el boom de crecimiento de las extorsiones se produjo con la llegada del inepto Pedro Castillo a Palacio, ante la ausencia de un liderazgo claro y valiente que enfrente a los hampones. El exmandatario, además de incapaz, estaba más preocupado en otros asuntos bastante dudosos, como darle personería jurídica a su Federación Nacional de Trabajadores en la Educación del Perú (Fenate Perú), considerado por expertos en seguridad como un órgano de fachada de Sendero Luminoso. Y, de hecho, le dio la ansiada legalización apenas tres días después de haber juramentado como presidente, a través de su entonces ministro de Trabajo, Iber Maraví, vinculado a atentados con explosivos en Ayacucho en los años 80 y hoy congresista de Juntos por el Perú.

Así que los últimos cinco años fueron tirados al tacho, la gente ya no puede más con tantos asesinatos y exigirá a la lideresa de Fuerza Popular resultados casi de inmediato. ¡Y encima hay gente que pide liberar al golpista, al que consideran una víctima! Este Búho siempre está atento al criminal avance de la inseguridad ciudadana en el país, y señala que la extorsión es el delito que más se ha multiplicado en los últimos tiempos.

Desde hace más de veinte años, organizaciones como ‘Los Pulpos’, ‘La Jauría’ o ‘Los Pepes’ controlaban las extorsiones en Trujillo, un flagelo que ya entonces se advertía que debía ser contenido con toda la fuerza de la ley para que no se extendiera como un maldito cáncer. Dejaban cartas amenazantes, pegaban stickers en los carros y comercios que sí pagaban, y detonaban explosivos a quienes se resistían. Por el control de esta actividad ilícita, se mataban entre ellos.

Ante el terror que desataron, surgió la figura del coronel de la Policía Elidio Espinoza, quien luego fue acusado de comandar un ‘escuadrón de la muerte’ que secuestraba y eliminaba a peligrosos delincuentes. Durante su control de esa zona policial, los hampones se escondían y se mudaban a otras ciudades. Muchos trujillanos le agradecían porque al fin podían salir de sus casas sin temor a ser asesinados. Gracias a esa fama, fue elegido alcalde de Trujillo en 2015. Sin embargo, Espinoza fue denunciado por los familiares de sus presuntas víctimas y en 2019 fue condenado a 30 años de prisión, igual que otros siete policías, por el secuestro, homicidio y abuso de autoridad extrajudicial en agravio de cuatro presuntos hampones en 2007 en el distrito de El Porvenir, en Trujillo. La sentencia quedó suspendida hasta su fallecimiento en 2021.

Pese a las reiteradas advertencias de que las extorsiones se extenderían por el país, no se hizo nada y ahora estamos sufriendo las consecuencias. Hoy es un monstruo de siete cabezas con innumerables tentáculos, con cientos de bandas que, como si fuera poco, se han vuelto más perversas y más violentas, con la llegada de criminales extranjeros, sobre todo de venezolanos, que introdujeron formas más brutales de tortura y muerte que hasta graban para difundir en redes.

La propuesta gubernamental de deshacinar las cárceles liberando a gran número de presos no es el camino. Construir más penales de máxima seguridad para aislar a los criminales más peligrosos sería una solución más efectiva. El caso de Erick Moreno Hernández, ‘El Monstruo’, quien permanece incomunicado en una celda de la Base Naval del Callao, demuestra cómo debe tratarse a un delincuente irrecuperable. Incluso, es necesario vigilar a quienes visitan a este tipo de lacras. Keiko parece inclinarse por entregar el control de los penales a las Fuerzas Armadas, ya que desde sus celdas los presos siguen dirigiendo a sus bandas, una situación insostenible. También urge fortalecer la inteligencia para desarticular a las organizaciones criminales desde adentro y reorganizar a la Policía. En la institución hay agentes honestos y valientes que arriesgan su vida frente a asaltantes y torturadores, pero también existen elementos corruptos que manchan el uniforme. A esas ‘manzanas podridas’ hay que sacarlas para que no contaminen al resto. La tarea será ardua, difícil y larga, pero debe comenzar de inmediato porque esta guerra hay que ganarla. Apago el televisor.

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