Médicos atienden a una mujer en un refugio el último miércoles en La Guaira (Venezuela). Una semana después del doble terremoto que devastó la costa central de Venezuela, miles de sobrevivientes en La Guaira viven en albergues improvisados, entre literas metálicas, bolsas con pocas pertenencias y largas filas para recibir comida. La tragedia dejó más de 2.200 víctimas mortales, miles de desplazados y una pregunta recurrente en cada aula convertida en dormitorio: cuándo podrán tener un hogar nuevamente. En el Polideportivo José María Vargas, un refugio de emergencia ubicado en la zona cero de la catástrofe, Emilia Rada, de 73 años, pasa las horas sentada en una litera. Con cansancio y resignación, observa el ir y venir de familias. “No quiero terminar los años que me quedan en un refugio”, afirma. Su apartamento quedó destruido cuando el piso superior se desplomó sobre la vivienda. No pudo rescatar ropa, documentos ni recuerdos. Durante varios días durmió en una plaza de Tanaguarena, hasta que el olor de los cuerpos bajo los escombros la obligó a marcharse. Como Emilia, miles de personas dependen de evaluaciones técnicas y promesas oficiales. El Gobierno venezolano asegura que quienes perdieron sus casas recibirán nuevas viviendas antes de que termine el año, pero en los albergues predomina la sensación de espera indefinida. Niños juegan en un refugio de damnificados este miércoles, en La Guaira (Venezuela). En la escuela República de Panamá, otra instalación habilitada como refugio, más de 350 personas duermen repartidas en aulas donde conviven hasta tres familias por salón. Las paredes aún conservan carteles escolares, pero el sonido dominante ya no es el de los estudiantes, sino el de radios portátiles, llantos de niños y conversaciones sobre desaparecidos. Perderlo todo y quedar en la incertidumbre: ese es el complejo panorama para los sobrevivientes del doble terremoto en Venezuela. El refugio es gestionado por una docena de voluntarios de entre 20 y 27 años, muchos de los cuales también resultaron damnificados por el sismo. Ellos implementaron un sistema digital que registra a cada residente: dirección anterior, lesiones, familiares perdidos e incluso quién no ha logrado almorzar. “Somos como el Titanic. Nos hundimos con el barco”, resume Daniel Rivas, uno de los coordinadores. Una mujer da una clase a niños en un polideportivo donde viven centenares de personas una semana después del doble terremoto de Venezuela, este miércoles, en La Guaira (Venezuela). El centro dispone de duchas, una pequeña clínica, lavandería y comedor. Mientras los niños juegan en las escaleras y en la cancha de baloncesto, los adultos realizan trámites, buscan información o aguardan noticias de familiares desaparecidos. La convivencia en estos espacios oscila entre la solidaridad y el agotamiento emocional. “La gente está muy sensible y también llena de rabia”, explica José Méndez, voluntario del albergue. Muchos perdieron casas y seres queridos al mismo tiempo; otros continúan buscando a familiares bajo los escombros. Charles Cordero, de 39 años, permanece en un refugio con una pierna escayolada y heridas en el abdomen. Su vivienda sufrió daños y nadie le ha dicho cuándo podrá regresar. “No tenemos información precisa de qué van a hacer con nosotros”, afirma. En Playa del Mar, una de las zonas más golpeadas de Catia La Mar, José, un hombre de unos 60 años, vigila día y noche el edificio semiderrumbado donde vivió durante tres décadas. “Perdí treinta años de mi vida”, lamenta sentado frente a los escombros. Emilia Rada, sobreviviente del doble terremoto de Venezuela, descansa este miércoles, en un polideportivo en La Guaira (Venezuela). Organizaciones humanitarias advierten que las condiciones varían mucho entre albergues. Mientras algunos cuentan con servicios básicos, otros carecen de privacidad, espacios seguros para niños e instalaciones higiénicas adecuadas. La Agencia de la ONU para los Refugiados calcula que cerca de 16.000 personas han tenido que buscar un lugar alternativo para vivir y que no todas han conseguido alojamiento. Algunas siguen durmiendo en las calles o junto a las ruinas de sus viviendas.

En el complejo residencial Los Cocos, la búsqueda de desaparecidos no cesa. Rescatistas civiles y soldados excavan túneles entre montañas de concreto; a veces hallan cuerpos, otras solo un ruido que mantiene viva la esperanza. Yicsar Yzaguirre observa desde la entrada de una excavación donde su esposo busca a su padre, su madrastra y su hermanastra de ocho años. “Pero no importa. Tenemos que sacarlos a todos”, dice. La frase resume el estado de ánimo de una ciudad suspendida entre el duelo y la espera. Mientras tanto, las autoridades han pedido a los afectados registrarse en el sistema estatal Patria para acceder a ayudas y posibles alojamientos temporales en hoteles de Caracas. En La Guaira, las escuelas se han convertido en dormitorios, los polideportivos en hogares provisionales, y miles de personas intentan imaginar cómo será la vida después del terremoto.

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