La banca corporativa y de inversión (CIB) atraviesa un momento de aparente solidez que, sin embargo, no debe confundirse con estabilidad estructural. A nivel global, entre el 2000 y el 2024, los ingresos del sector crecieron a una tasa anual compuesta de 5.7% hasta alcanzar los 3 billones de dólares, mientras que el retorno de inversión superó de forma sostenida el 13%. Ese desempeño continuó en el 2025, apalancado por tasas de interés elevadas, una mayor actividad en los mercados y la recuperación gradual de la banca de inversión.

En el Perú, el sistema financiero también reportó cifras positivas. A septiembre, la cartera de créditos registró un crecimiento anual de 3.8%, y la utilidad en los bancos peruanos superó el 21.8% en el reporte de diciembre. Además, BTG Pactual —el banco de inversión más grande de América Latina, con sede principal en São Paulo— solicitó autorización para abrir una filial en Lima este 2026, con una inversión inicial de 100 millones de dólares.

Pese a estos indicadores, el entorno que enfrenta hoy la CIB exige algo más profundo que ajustes tácticos. Según un manual publicado en diciembre por McKinsey, la volatilidad geopolítica y macroeconómica ya no es excepcional, sino estructural. La fragmentación de las cadenas comerciales, los cambios en las políticas industriales y la reconfiguración de los flujos de capital obligan a los bancos a operar bajo múltiples escenarios simultáneos. La planificación tradicional resulta insuficiente si no se integra de forma directa en la asignación de capital, el portafolio y la gestión del riesgo.

Un manual bien ejecutado podría mejorar rentabilidad entre 20 y 30% antes de efectos macroeconómicos. (Fotos: Julio Reaño/@Photo.gec)

El nuevo manual, adaptado a tendencias como la inteligencia artificial y las amenazas latentes, plantea que la agilidad estratégica debe convertirse en una capacidad central. La fortaleza reciente del sector no debe llevar a confundirla con estabilidad duradera: el desafío es operar con un enfoque que contemple la incertidumbre como regla y no como excepción.

El avance tecnológico acelera el cambio en la banca corporativa. Las instituciones financieras pasan de pilotos de inteligencia artificial generativa a agentes capaces de ejecutar procesos completos, lo que redefine la gestión de liquidez, pagos y tesorería hacia esquemas de optimización continua. A esto se suma la expansión de las stablecoins, con más de 250 mil millones de dólares en circulación, que ya impactan de forma directa en pagos transfronterizos, cash management y banca corresponsal.

En paralelo, la presión de los nonbank challengers —que ya alcanzaron una escala comparable a la de muchas franquicias CIB— amenaza el principio histórico de la banca corporativa, donde la relación crediticia habilitaba el acceso a productos de mayor margen. El crédito privado, por ejemplo, se ha transformado en una clase de activo global de alrededor de 4 billones de dólares cuando se consideran activos gestionados y mandatos separados, financiando hoy más del 80% de las operaciones patrocinadas en el middle market.

Frente a este escenario, el nuevo manual para la banca corporativa y de inversión (CIB) se articula en cuatro frentes. Primero, incorporar la incertidumbre como insumo permanente de gestión mediante escenarios integrados a la toma de decisiones reales. Segundo, construir flexibilidad operativa con modelos más livianos que reduzcan el punto de equilibrio y permitan absorber choques de ingresos. Tercero, capturar los cambios estructurales, en particular la oportunidad más amplia del capital privado. Aquí el reto es cubrir de manera integral a los patrocinadores financieros en todos sus centros de compra, desde el nivel de fondo hasta la empresa participada, combinando asesoría, financiamiento, gestión de riesgos y servicios transaccionales.

Sostener retornos por encima del costo de capital en múltiples futuros posibles es el objetivo central de un manual bien ejecutado, que además podría mejorar la rentabilidad entre 20 y 30% antes de efectos macroeconómicos. Para lograrlo, se recomienda mantener inversiones selectivas en innovación, mover la inteligencia artificial a escala, reinventar la banca transaccional y tomar posiciones claras en infraestructura de monedas estables. El valor, en este nuevo paradigma, ya no proviene de predecir el escenario correcto, sino de diseñar organizaciones bancarias capaces de prosperar en varios a la vez.

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