Una devastación sin precedentes
El primer impacto en Venezuela fue un choque de realidad: la ciudad está repleta de escombros, en cada calle un familiar llora a su ser querido y la lista de desaparecidos no deja de crecer. “El nivel de destrucción es incalculable”, resume el equipo. Cada día, mirar una vasta extensión de edificios caídos y casas semiderruidas se vuelve más difícil. “Hemos trabajado en escenarios de edificios que han sido de 17 pisos y solo quedan visibles cinco o seis, con altísima mortalidad”, relatan.
Pese a la dificultad del terreno, agravada por el doblete sísmico, las experiencias previas —el sismo de Pisco en 2007, el de Ecuador en 2016 y los constantes movimientos telúricos en Lima— llevan a Rita a asegurar que el equipo peruano cuenta con la preparación necesaria para aportar hasta su último grano de arena y salvar a un hermano venezolano. Sin embargo, las dificultades están presentes. “Hay dificultades como ruido constante de los generadores, el olor a los cuerpos, congestión, temperaturas extremas, lluvias tropicales, pero todas son situaciones que nosotros podemos perfectamente resistir estando enfocados en el trabajo y debidamente organizados”, detalla.
Para Rita, lo ocurrido en Venezuela no es un escenario lejano para el Perú. “Nos tiene que llevar a una reflexión sobre dónde y cómo construimos, esto nos muestra que hay sismos que no te permitirán el lujo de evacuar y en un instante se pueden perder muchísimas vidas”, advierte. Mientras tanto, el equipo USAR continúa firme pese a las temperaturas superiores a 30 °C, las dificultades del terreno y el impacto emocional de la catástrofe. “Estamos constantemente haciendo búsquedas, procesando distintos escenarios con la esperanza de localizar a alguien con vida. En este momento estamos todos enfocados en el trabajo y no hay mucho espacio para descomprimir”, relata la rescatista. En su hogar, la espera su hijo de 11 años, quien la ve como una heroína y le dará un fuerte y caluroso abrazo a su regreso.
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