Para 2030, el Foro Económico Mundial proyecta un saldo neto positivo de 78 millones de nuevos puestos de trabajo. La cifra es alentadora, pero encierra una advertencia: el mercado laboral se transforma hoy y a un ritmo tan vertiginoso que los currículos educativos suelen quedar rezagados. La pregunta que emerge es quién formará a los trabajadores de esos empleos que aún no existen.
La respuesta, según la columna de Silvana de los Heros Salazar, apunta a los docentes. Sin embargo, el problema no es de voluntad, sino estructural. Mientras la tecnología cambia en meses, las mallas curriculares se actualizan con ciclos largos y la burocracia frena cualquier innovación. En la educación técnico-profesional, actualizar planes de estudio no basta si no se garantiza formación docente continua, conexión real con la industria y capacidad para responder a nuevas demandas.
En el Perú, alternativas como la formación dual, las microcredenciales y la capacitación permanente podrían ser viables, pero requieren respaldo empresarial, soporte institucional y continuidad. La solución, advierte la autora, no es romántica ni simple: implica formación continua real, financiada y articulada con el sector productivo; marcos normativos que incentiven a medianas y grandes empresas a corresponsabilizarse en las escuelas; y condiciones laborales que permitan que técnicos con experiencia enseñen sin sacrificar su viabilidad económica.
Los empleos del futuro no aparecerán solos. Alguien tendrá que formarlos, y ese alguien —el docente— sigue siendo el eslabón menos priorizado de la cadena, pese a ser quien convierte la innovación en aprendizaje concreto. Si el Perú quiere competir por productividad y talento, debe dejar de ver la educación como gasto y empezar a tratarla como infraestructura crítica del desarrollo.
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