La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) concluyó el conteo oficial de votos y el resultado ya es parte de la historia política del país. Keiko Fujimori alcanzó el 50.135 % de los sufragios frente al 49.865 % de Roberto Sánchez. Una diferencia mínima en términos estadísticos, pero suficiente en democracia para definir quién conducirá los destinos del Perú durante los próximos años. Ese momento ocurrió hace tres días.

Las elecciones tienen una extraña capacidad para paralizar a un país. Durante semanas, millones de personas observaron porcentajes, tendencias y actas como si en cada cifra estuviera escondido el futuro. Pero llega un instante en que los números terminan de hablar. La campaña terminó. Las cifras dejaron de moverse. Ahora comienza algo mucho más difícil que ganar una elección: gobernar.

Quizás el dato más importante de esta segunda vuelta no sea quién ganó, sino lo ajustado del resultado. El país ha vuelto a demostrar que está dividido en dos grandes corrientes de opinión, separadas por apenas unas décimas porcentuales. Esa realidad constituye tanto una advertencia como una oportunidad. Advertencia, porque ningún gobernante puede interpretar una victoria tan estrecha como un cheque en blanco. Oportunidad, porque obliga a construir puentes en lugar de profundizar brechas.

Las primeras palabras de la presidenta electa apuntaron en esa dirección. “Recibimos este resultado con gran responsabilidad y sobre todo sabiendo que nuestro país está prácticamente dividido y tenemos la responsabilidad de escuchar a ambos lados”, afirmó tras conocerse el resultado final. Es una reflexión pertinente, aunque escuchar será apenas el punto de partida. La verdadera prueba consistirá en gobernar para todos.

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