En un partido político pueden faltar recursos económicos, locales propios, mobiliario o logística, e incluso la ideología puede moderarse con el tiempo sin giros radicales. Sin embargo, lo que jamás puede faltar, pues brinda unidad al proyecto, es la lealtad. Así lo sostiene Carlos Hakansson en su columna para Diario Correo.

La lealtad política implica un compromiso moral o estratégico en favor de una causa común, ya sea hacia una institución, un líder o la ciudadanía. Se pueden identificar tres dimensiones. La primera es la fidelidad a la Constitución y al Estado de Derecho. La segunda es la lealtad partidaria, una adhesión ideológica a la organización, sus principios y programa, clave para mantener la cohesión y gobernabilidad. La tercera es la lealtad personal, un fuerte vínculo con el líder que consolida el poder, pero sin caer en una fe ciega que derive en autoritarismo.

Al frenar la deserción y el transfuguismo congresal, la lealtad política motiva la crítica constructiva dentro del partido y el grupo parlamentario cuando las cosas no marchan bien. Su verdadero valor radica en priorizar el marco institucional y el bien común por encima de los intereses de cualquier grupo de poder. Porque, al final del día, la verdadera lealtad se demuestra diciendo la verdad, aunque sea incómoda.

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