En contraste con mayoritarios sectores del país y la comunidad internacional, que reconocen el triunfo de Keiko Fujimori en la segunda vuelta presidencial y se alistan para una nueva etapa política, Roberto Sánchez persiste en su negativa a aceptar el veredicto oficial de las urnas y anuncia nuevas gestiones ante instancias internacionales. Sin embargo, la legitimidad política no se edifica solo cuestionando resultados adversos, sino demostrando coherencia democrática, respeto institucional y capacidad para representar a quienes confiaron en una propuesta política.

La oposición cumple un rol esencial en toda democracia, pero una oposición responsable fiscaliza, propone y debate ideas; no permanece indefinidamente atada a un proceso electoral ya cerrado. Si la estrategia de Sánchez busca consolidarlo como referente de un sector inconforme, debería evaluar los riesgos de convertir el cuestionamiento permanente en su principal bandera. La historia evidencia que los liderazgos duraderos se construyen alrededor de propuestas y soluciones, no exclusivamente sobre agravios o denuncias reiteradas.

La ciudadanía espera alternativas para enfrentar la inseguridad, la crisis económica y las deficiencias de los servicios públicos, no una prolongación indefinida de la campaña electoral. La oposición debe reflexionar: su papel no es vivir anclada en una elección concluida, sino ofrecer respuestas a los problemas urgentes del país.

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