En un contexto donde miles de jóvenes peruanos deben elegir qué estudiar sin un proceso previo de autoconocimiento ni información suficiente sobre el mercado laboral, la discusión sobre la orientación vocacional cobra especial relevancia. Según datos de Unesco, en América Latina más del 50% de los estudiantes desertan durante el primer año universitario o cambian de carrera, una decisión que implica costos directos para las familias, que deben afrontar nuevos pagos por matrículas, ciclos académicos, procesos de admisión o años adicionales de estudio.

María Mor, directora senior de desarrollo de mercado de College Board LATAM, señala que uno de los principales problemas es que muchos estudiantes llegan a la universidad sin haber identificado con claridad sus intereses, motivaciones y fortalezas académicas. “Vemos a muchos padres de familia y a jóvenes con frustraciones porque están cambiando de carrera. Deciden que eso no era para ellos o sienten que no estaban preparados”, explicó la especialista.

Desde una perspectiva económica, el impacto va más allá de cada caso individual. Rosa Luz Durán, profesora de Economía de la Universidad de Lima, advierte que cuando la formación de los jóvenes no coincide con las necesidades del sector productivo se genera una pérdida de eficiencia en el capital humano. “Cuando la elección de una carrera no está alineada con las demandas reales del sector productivo, se genera un fenómeno conocido como sobreeducación o subempleo profesional, en el que los egresados terminan en puestos informales o de baja productividad que no corresponden con sus años de inversión educativa”, señaló.

De acuerdo con la experta, esta situación implica que familias, Estado e instituciones privadas destinan recursos a formar profesionales que luego el mercado no logra absorber adecuadamente. Cifras del Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE) muestran que siete de cada diez jóvenes con estudios superiores enfrentan dificultades para acceder a empleos vinculados directamente con la carrera que estudiaron, una situación que refleja la persistente desconexión entre la oferta educativa y la demanda laboral.

¿Estamos empezando demasiado tarde?

La orientación vocacional en Perú suele arrancar recién en cuarto o quinto de secundaria, cuando los alumnos están a uno o dos años de egresar. Sin embargo, los especialistas coinciden en que este cronograma es tardío y que el proceso debería iniciarse mucho antes. Desde College Board, la recomendación es empezar en primero o segundo de secundaria para identificar intereses y motivaciones, y reforzarlo en tercero o cuarto año para vincular esas preferencias con rutas académicas y profesionales. Pero Beatriz Canessa Lohmann, Directora de Bienestar de la Universidad de Lima, va más allá: plantea que el trabajo debería comenzar incluso en los últimos grados de primaria. “Un proceso realmente efectivo debe iniciarse desde los últimos grados de primaria, con actividades que fomenten el autoconocimiento y la identificación de talentos”, sostuvo. Para Canessa, la orientación no debe reducirse a elegir una carrera, sino entenderse como un proceso continuo que construya un proyecto de vida coherente con capacidades, intereses, valores y realidad económica de cada estudiante.

Especialistas advierten que una elección profesional sin suficiente información puede derivar en cambios de carrera, deserción universitaria y dificultades de inserción laboral. Foto: Andina.

Cuando la presión pesa más que la vocación

Los expertos advierten sobre los riesgos de tomar decisiones influenciadas por factores externos. Entre los errores más frecuentes, Canessa señala la falta de autoconocimiento, la presión familiar, la influencia de los amigos o la elección de carreras por prestigio o moda. “Muchos estudiantes deciden sin haber identificado sus intereses, habilidades y valores personales”, afirmó. Las consecuencias pueden ser graves: desmotivación académica, frustración personal, ansiedad, abandono de estudios o cambios posteriores de carrera. De hecho, según estudios e informes citados por la académica, entre el 20% y el 30% de los estudiantes universitarios peruanos abandona o cambia de carrera durante el primer año, siendo una elección inadecuada una de las principales causas.

La brecha entre educación y empleo

El desajuste entre las carreras que eligen los jóvenes y las habilidades que demandan las empresas no solo afecta a los estudiantes, sino que también limita la competitividad del país. Según Durán, campos como tecnología de la información, ciberseguridad e ingenierías especializadas sufren escasez de profesionales, mientras que otras áreas ya muestran saturación. “Las organizaciones terminan incurriendo en mayores costos de reentrenamiento o incluso recurriendo a talento extranjero para cubrir posiciones especializadas”, indicó. Esta brecha, advierte, frena la capacidad de innovación, adopción tecnológica y expansión de las empresas.

Para enfrentarlo, Durán plantea una acción coordinada entre el Estado, los colegios y las universidades. Entre las medidas necesarias menciona fortalecer la información sobre empleabilidad, modernizar los programas de orientación vocacional y acercar a los estudiantes a las necesidades reales del mercado laboral.

Un debate pendiente

En medio de este debate, organizaciones del sector educativo han comenzado a impulsar propuestas concretas. La Asociación de Institutos y Escuelas de Educación Superior (ASIEES) y el Centro para el Análisis de Políticas Públicas de Educación Superior (CAPPES) propusieron la creación de un Servicio Nacional de Orientación Vocacional, que debería implementarse en los primeros meses del próximo gobierno. La iniciativa surge porque muchas decisiones académicas aún se toman con información limitada, y mientras el mercado laboral demanda cada vez más perfiles técnicos, la mayoría de jóvenes sigue optando por estudios universitarios.

Para Javier Rubio, presidente de ASIEES, el principal desafío no es la falta de talento, sino la escasez de información para tomar decisiones adecuadas. En ese sentido, sostuvo que una orientación vocacional más sólida podría reducir la deserción educativa y mejorar la correspondencia entre la formación de los estudiantes y las necesidades del mercado laboral.

Jorge Mori Valenzuela, director ejecutivo de CAPPES, señaló que “en un contexto donde el país tendrá menos jóvenes en el futuro, optimizar las decisiones educativas de cada estudiante se vuelve una prioridad nacional. Además, contribuiría a construir un sistema más eficiente, donde las decisiones vocacionales están basadas en evidencia y no en prejuicios o desinformación”. Los especialistas coinciden en que una orientación temprana y sostenida no solo ayudaría a reducir la deserción universitaria y mejorar la empleabilidad, sino también a formar profesionales más preparados para responder a los desafíos de una economía que cambia cada vez más rápido.

Canessa recordó que, en un mercado laboral cada vez más dinámico, los jóvenes probablemente enfrentarán múltiples cambios de empleo e incluso profesiones que hoy todavía no existen. Por ello, el autoconocimiento se vuelve el elemento central, una herramienta que permita adaptarse a nuevos escenarios académicos y laborales a lo largo de la vida. “Elegir una carrera no es un punto final, sino el inicio de un camino flexible y en constante evolución”, afirmó.

Giancarlos Torres

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, con especialidad en Periodismo, por la Universidad Tecnológica del Perú, con más de 12 años de experiencia en medios de comunicación. Actualmente escribo sobre política, economía y actualidad.

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