En una época donde el fútbol demanda cambios compulsivos y soluciones desesperadas, Carlo Ancelotti demostró una vez más que la paciencia también puede ser una forma de intervenir. El entrenador italiano pertenece a esa especie escasa de técnicos que no solo leen los partidos, sino que saben esperar. Y ante Japón, en el Mundial, dio una clase maestra de esa virtud.
Desde la transmisión, millones de espectadores reclamaban lo mismo: “¡Pateen!”. Brasil, sin embargo, eligió otro camino. Siguió moviendo la pelota, buscando superioridad, creyendo que el espacio terminaría apareciendo. Confundirse de idea por culpa de la ansiedad era, probablemente, la única manera de facilitarle el trabajo a Japón. Y es que el equipo asiático encontró el peor escenario posible para la Canarinha: no solo se puso en ventaja, sino que lo hizo siendo fiel a una de las propuestas más incómodas del torneo. Un equipo disciplinado, solidario, que defendía cerca de su arco sin desordenarse, cerrando líneas de pase y obligando a Brasil a atacar por donde no había espacios. Remontar un partido así exigía, más que talento, lucidez.
Ancelotti tampoco cayó en la tentación más evidente. Neymar estaba listo para ingresar. El propio entrenador reveló después que había conversado con él y que el plan era utilizarlo si el empate no llegaba antes de la hora de juego. Casemiro marcó a los 56 minutos y el plan cambió. Neymar permaneció en el banco. No porque hubiera dejado de ser importante, sino porque el partido dejó de necesitarlo. Pocos técnicos tienen la autoridad suficiente para dejar fuera a su máxima estrella cuando todo el mundo espera exactamente lo contrario.
Allí reside la verdadera grandeza de Ancelotti. No en acertar siempre, sino en no enamorarse de sus propias decisiones. Entiende que un plan no es un compromiso moral, sino una herramienta que debe modificarse cuando el partido lo exige. Brasil terminó remontando sin perder la calma y sin traicionar su identidad. Tocó hasta encontrar el hueco, incluso cuando desde afuera le pedían acelerar el desenlace. Quizá esa haya sido la mayor victoria de ayer. No solo clasificó a octavos. Demostró que la desesperación rara vez resuelve un problema. La paciencia, cuando está respaldada por una idea y por un entrenador capaz de sostenerla, también puede convertirse en una forma de entereza, de coraje.
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