Para este Búho, la victoria de Keiko Fujimori sobre Roberto Sánchez marca el fin de un capítulo nefasto de nuestra política, un lustro lleno de inestabilidad, corrupción y lumpen que arrancó con el gobierno de Pedro Castillo. Este columnista reconoce que muchos peruanos se identifican con el profesor por razones identitarias, pero no se puede torcer la realidad. La campaña ya terminó y debemos aprender de los errores: Keiko está obligada a hacer un buen gobierno y la prensa libre tiene el deber de fiscalizar y denunciar.

Fue el propio Castillo quien detonó la crisis cuando pateó el tablero democrático, quebró la Constitución e intentó cerrar el Congreso. No fue un exabrupto, sino una decisión fríamente calculada junto al delirante Aníbal Torres y su expremier, la resentida social Betssy Chávez —ahora escondida en la embajada de México—. Muchos meses antes, ya cavilaba esa posibilidad mientras atizaba un conflicto de poderes para desviar la atención sobre las graves acusaciones de corrupción en su contra.

Todo comenzó cuando el ‘empresario’ y lobista prontuariado Zamir Villaverde confesó que logró ingresar al círculo íntimo del mandatario entregándoles modernas camionetas, dinero en efectivo y ropa fina a sus sobrinos, además de otorgarles pasajes aéreos para toda la parentela de Pedro y su esposa. Con el triunfo de Fujimori, se espera que el Perú dé un salto de nivel después de estos cinco años perdidos.

Con esas ‘migajas’ se ganó a un presidente y a una familia de angurrientos. Tras ello, dio un paso trascendental para sus oscuros intereses y pasó a entregarle sumas como treinta mil soles para Juan Silva o cien mil más para Castillo. El presidente haría dupla con Bruno Pacheco por los cobros en los ascensos militares y policiales, una mafia tan desalmada que Pacheco se quejó de que lo ‘habían cerrado’. El mismo Bruno dijo que le entregó al chotano un sobre con miles de soles para que nombrara al corrupto Hugo Chávez como presidente de Petroperú. Allí nomás se desató el escándalo de la licitación de 80 millones de dólares de biodiésel que se ‘cocinara’ en la oficina presidencial con participación del empresario Samir Abudayeh, Karelim López y Hugo Chávez.

La ola de corrupción que salpicaba a Castillo quedó evidenciada cuando el mandatario propició la fuga de su secretario general de Palacio. Luego Beder Camacho, miembro del ‘gabinete en la sombra’, confesaría, como colaborador eficaz, que Castillo le ordenó esconder al prófugo Pacheco, entregarle dinero y buscarle asilo en Venezuela o México, también para los requeridos por la justicia, el exministro de Transportes Juan Silva y su sobrino Fray Castillo, operador de negociados en ese ministerio. La lista de corruptos no solo se extendió a sus sobrinos, sino a su esposa Lilia y su cuñada-hija Yennifer Paredes, que hicieron pingües negocios viales con el detenido alcalde de Anguía, gracias a un decreto supremo promulgado por Castillo.

Cuando el detenido Salatiel Marrufo, exjefe de asesores del Ministerio de Vivienda, confesó ante el Congreso que cobraba millonarias coimas a una empresaria y que le pagaba 50 mil soles mensuales a Castillo y a sus hermanos para que mantuviera al corrupto ministro Geiner Alvarado, Pedro ejecutó su delirante golpe. Ese golpe no fue apoyado por nadie: hasta sus propios ministros fueron los primeros en renunciar. Hoy su esposa evade a la justicia asilada en México y Yennifer ha sido elegida congresista. Este columnista recordó la cita del maestro Manuel González Prada: “donde se ponía el dedo saltaba la pus” de ese régimen corrupto. El Gobierno parecía un cuerpo infectado, supuroso, gangrenado en su totalidad y al borde de la putrefacción.

Castillo se sentía como una fiera acorralada. Estas son solo algunas ‘perlas’. ¿Por qué ahora se pretende victimizar a un golpista que denigró la investidura presidencial convirtiendo su gobierno en un pozo séptico de corrupción? Castillo no merece ser indultado. Mucho cuidado, señor José Balcázar. Apago el televisor.

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