El papa León XIV publicó su primera encíclica centrada en la “magnífica humanidad”. Con un enfoque antropológico, analiza con diáfana claridad lo que es la inteligencia artificial (IA). Comienza reflexionando sobre las necesidades humanas a lo largo de los tiempos, y sus respuestas alentadoras muestran que “el verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (n. 15).
“No es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta ‘inteligencia’ a la humana”, advierte el papa León XIV en su primera encíclica, que dedica un espacio central al fenómeno tecnológico. El pontífice identifica tres aspectos que hacen cautivadora a la inteligencia artificial: “la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana” (n. 100).
Para los empresarios y directivos, acostumbrados a tomar decisiones apoyados en información verificada, el riesgo es concreto. “La velocidad y la sencillez con la que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta simplifican nuestras vidas, pero también pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad”, señala el texto (n. 100). Frente a la tentación de aceptar como incuestionable lo que proviene de un sistema de IA, el papa recuerda que “la impresión de objetividad que las respuestas y las propuestas de estos sistemas pueden suscitar, corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos” (n. 100).
La advertencia es directa para quienes tienen poder de decisión: “Confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, significa encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas” (n. 103). El mensaje final es claro: los directivos no pueden abdicar de su tarea de decidir con criterio y prudencia, pues “el verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa” (n. 15).
La encíclica se dirige a todos, no solo a un grupo específico, porque los riesgos de un mal uso de la IA afectan a la humanidad entera. Hoy, de una forma u otra, todos empleamos esta tecnología y estamos expuestos a sufrir daños o a causarlos, ya sea de manera voluntaria o involuntaria. Por eso, contar con este documento resulta una ayuda valiosa para guiar una actuación responsable. José Ricardo Stok es profesor emérito del PAD. Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor.
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