El doble terremoto que sacudió la costa venezolana golpeó con fuerza a La Guaira, una de las localidades más devastadas, donde la angustia y la incertidumbre se apoderaron de sus habitantes. Entre los sobrevivientes están los peruanos Jenifer Mozombite Pérez (26) y Marco Antonio Ruiz Condori (42), quienes, desde diferentes puntos de la ciudad, relataron cómo lograron salvarse junto a sus familias mientras las construcciones se estremecían violentamente.
Jenifer, oriunda de Comas y radicada en Venezuela desde hace cuatro años, contó que estaba reunida con su familia celebrando el feriado de San Juan cuando una alarma sonó en su celular. Instantes después, la vivienda comenzó a moverse con violencia. “La casa parecía de gelatina”, expresó a La República. Junto a su esposo venezolano y sus dos hijos pequeños, intentó salir apresuradamente mientras miraba con temor el techo, temiendo que se desplomara sobre ellos.
A pocos metros de su casa, en Las Tunitas, Catia La Mar, varias viviendas quedaron destruidas. Pese a que su hogar no sufrió daños estructurales graves, asegura que ninguna autoridad ha inspeccionado la zona para verificar si las casas siguen siendo seguras. “No nos han dicho si podemos seguir viviendo aquí o no”, señaló. Los compatriotas, que residen en una de las áreas más afectadas por la emergencia, denuncian las dificultades para conseguir alimentos y medicinas, así como la falta de comunicación con la Cancillería peruana. “Estamos a la deriva”, lamentaron.
Peruana Jenifer Mozombite junto a su familia en La Guaira
Días de incertidumbre y noches en la calle
Marco Antonio Ruiz Condori, quien reside en La Guaira desde hace casi un año, sintió el terremoto cuando volvía del trabajo. Al principio creyó que era un temblor más, pero la fuerza del movimiento lo llevó a refugiarse en medio de la pista para protegerse de escombros, postes o cables que pudieran caer. Su angustia mayor era por su esposa, su hijo de cinco años y su suegra, que estaban dentro de la vivienda. Cuando logró reunirse con ellos, optó por no volver a entrar y permaneció fuera. Durante dos noches seguidas, la familia durmió en la calle junto a cientos de vecinos, en medio del temor constante.
La situación empeoró con el rumor de una alerta de tsunami. El pánico colectivo, según relata, desató escenas de desesperación: personas corrían buscando zonas seguras, hubo caídas y varios resultaron golpeados en el caos. “Fue un desespero total”, recuerda.
Escasez, saqueos y servicios colapsados
Casi una semana después de la emergencia, tanto Marco como Jenifer coinciden en que la principal preocupación ya no son las réplicas, sino la supervivencia diaria. La falta de servicios básicos, la escasez de productos y los saqueos han complicado gravemente la vida en la ciudad portuaria. Jenifer Mozombite asegura que conseguir alimentos, pañales o medicinas se ha vuelto casi imposible. Su hijo menor, de un año y ocho meses, sufre una enfermedad cutánea similar a la varicela y necesita atención constante, pero muchos establecimientos fueron saqueados y los medicamentos desaparecieron rápido de las farmacias.
Marco detalla que los primeros tres días estuvieron completamente incomunicados por la caída de las telecomunicaciones y los cortes eléctricos. Aunque algunos servicios se han restablecido parcialmente, persisten las dificultades para conseguir alimentos y medicamentos, sobre todo para personas con enfermedades crónicas como su suegra, quien requiere tratamiento para la hipertensión y afecciones cardíacas. “De lo poco que quedaba se lo llevaron”, lamentó Jenifer. Gracias a compatriotas peruanos residentes en Caracas logró recibir agua, leche y pañales para sus hijos, pero advierte que las ayudas se concentran en las zonas más devastadas y no siempre llegan a todos los sectores afectados.
Así terminó la infraestructura de la vivienda donde vive Jenifer Mozombite y su familia
Negocios destruidos y un futuro incierto
Además de las pérdidas materiales en la ciudad, muchas familias han visto desaparecer su fuente de ingresos. Jenifer cuenta que la barbería de su esposo sufrió daños importantes y que un edificio ubicado frente al local colapsó durante el terremoto. La actividad económica permanece prácticamente paralizada. “La gente está desesperada. Los ladrones están aprovechándose de la situación”, señaló. Según relata, los saqueos y la inseguridad han llevado a muchos comerciantes a mantener cerrados sus negocios por temor a perder la mercadería que aún conservan. Marco coincide en que la incertidumbre domina el ambiente. Aunque mantiene su empleo en un establecimiento de venta de abarrotes, reconoce que gran parte de la ciudad permanece detenida y que los precios de los productos aumentan cada día debido a la escasez.
A la espera de la ayuda peruana
Pese a las dificultades, Jenifer y el otro peruano afectado aseguran no haber logrado establecer contacto directo con la Cancillería peruana. “Estamos a la deriva”, resume Jenifer, reflejando el sentimiento de cientos de familias que aún intentan recuperarse del desastre. Aunque han escuchado que representantes diplomáticos se encuentran en la zona buscando a ciudadanos afectados, hasta ahora no han recibido información ni asistencia oficial.
Jenifer afirma que regresar al Perú no es una opción inmediata. “¿Cómo puedo regresar? No tengo dinero y además el aeropuerto quedó afectado”, explicó. La destrucción de infraestructura, los problemas de transporte y la falta de recursos económicos hacen inviable un eventual retorno junto a su familia. Mientras tanto, ambos esperan que las autoridades peruanas puedan identificarlos y brindar algún tipo de apoyo. Sus necesidades más urgentes son alimentos no perecibles, agua potable, medicamentos y productos básicos para los niños.
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