En el fútbol contemporáneo, pocas figuras parecen haber quedado tan protegidas de un juicio exclusivamente deportivo como Marcelo Bielsa. Su influencia resulta indiscutible, pero su palmarés da paso a la discusión. Es un caso extraño en el que las categorías de entrenador exitoso y entrenador influyente no siempre coinciden.

Negar su aporte al fútbol sería absurdo. Decenas de entrenadores y futbolistas destacan su capacidad para interpretar el deporte como pocos. El propio Josep Guardiola lo ha señalado como una de sus mayores referencias. Su obsesión por el detalle, la presión, el movimiento y la preparación táctica cambió la manera de entrenar de varias generaciones. Nadie en su sano juicio puede sostener que Bielsa no sabe de fútbol.

Sin embargo, un entrenador no vive únicamente de las ideas que deja, sino también de los resultados que alcanza y de la manera en que conduce a los grupos humanos que tiene a su cargo. Allí aparecen preguntas que con Bielsa suelen formularse en voz baja. Uruguay acaba de cerrar un ciclo mundialista deplorable y, una vez más, reaparecen cuestionamientos que ya lo habían acompañado en otros procesos: dificultades en la convivencia, cortocircuitos con algunos futbolistas y una comunicación que, por momentos, parece levantar más barreras que puentes.

No siempre un mal gesto es solo un mal gesto, ni una frase solemne deja de ser discutible por haber sido pronunciada por Bielsa. Sin embargo, la construcción pública en torno a su figura termina confundiendo personalidad con virtud: sus desplantes con la prensa, su incomodidad frente a las cámaras, sus gestos adustos y sus constantes reflexiones sobre lo que el fútbol debería ser suelen celebrarse como si cada uno escondiera una lección profunda. Algo similar ocurre cuando denuncia el mercantilismo del fútbol. El diagnóstico puede contener verdades, pero proviene de alguien que ha desarrollado toda su carrera dentro de esa misma industria. Criticar al sistema no es ilegítimo; convertir esa crítica en una superioridad moral, quizá sí lo sea.

Tal vez el mayor triunfo de Bielsa no haya ocurrido en una cancha, sino que haya consistido en lograr que una parte del mundo del fútbol lo evalúe con una vara distinta. La pregunta no es si Marcelo Bielsa es un gran entrenador —probablemente lo sea—. La pregunta es otra: ¿por qué a casi nadie más se le permite perder tanto crédito deportivo sin que se resienta, en la misma proporción, el tamaño de su leyenda?

Leer artículo completo en diariocorreo.pe →