El 28 de julio, Keiko Fujimori asumirá la Presidencia de la República tras su cuarto intento electoral, un hecho que el fujimorismo ya considera irreversible. Sin embargo, el Perú que recibirá no es el que su padre dejó en 2000 tras el escándalo de los ‘vladivideos’, ni el que ella misma intentó gobernar sin éxito desde 2011. Es un país fracturado, donde los presidentes no completan sus mandatos, la corrupción campea y la ciudadanía sobrevive en medio de la informalidad y la delincuencia, mientras desconfía de todos.
Fujimori enfrenta una tarea titánica: cerrar heridas y tender puentes. La mitad de los electores la rechaza, por lo que la primera señal del fujimorismo no debe ser ideológica, sino política. Su gabinete debe dar voz al Perú y su gobierno debe poner especial énfasis en las zonas que la repelen tanto a ella como al centralismo limeño.
Al igual que Alan García en su segundo gobierno, Fujimori tiene una oportunidad de oro para que su apellido deje de dividir y se convierta en un legado. El fujimorismo ya triunfó; ahora lo que necesita es que el Perú no siga perdiendo. Ese es el país que deberá gobernar, y debe hacerlo con la mirada puesta en todos los peruanos.
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