El panorama político peruano está más movido que Kike Suero brindando con una damajuana de trepadora cachina chinchana mientras veía el partidazo entre Ecuador y Alemania, según este Búho. Por eso, tomo mi ‘Espada del augurio’ de ‘Los Thundercats’ para ver ‘más allá de lo evidente’ y lanzar mis ‘Picotitos’ rabiosos, como piden mis lectores.

Vergonzosa resulta la actuación de Roberto Sánchez, quien persiste en desconocer las elecciones alegando un fraude del que no ha presentado ni una sola prueba. Pasadas tres semanas desde los comicios, el excandidato sigue convocando a marchas inútiles y anunciando que recurrirá a instancias internacionales para impedir que Keiko Fujimori asuma el poder. No le importa hacer el ridículo con sus pataletas. En contraste, en Colombia, donde la segunda vuelta fue el domingo pasado, su par izquierdista Iván Cepeda, aunque con dolor, reconoció al derechista Abelardo de la Espriella como presidente electo apenas tres días después. Sánchez, en cambio, resultó tan falso como Pedro Castillo: se quitó la careta y demuestra ser un falso demócrata.

El Perú se salvó de que llegue al poder un tipo como Sánchez, admirador de los métodos violentistas de Evo Morales, quien hoy incendia su país para volver al poder. No hay que olvidar las palabras del condenado por terrorismo Guillermo Bermejo: "Somos socialistas y nuestro camino de nueva Constitución es un primer paso. Y si tomamos el poder, no lo vamos a dejar. Con todo el respeto que se merecen ustedes y sus pelotudeces democráticas, nuestra idea es quedarnos para instaurar un proceso revolucionario en el Perú". Sánchez y sus socios tenían la intención de llevar a cabo ese proyecto de treinta años.

KEIKO SIN LUNA DE MIEL. A la lideresa del fujimorismo no le darán ni una semana de gracia: se le exigirán resultados casi de inmediato. Su obligación es elegir a los mejores funcionarios, sin importar su procedencia política. En su gobierno no puede haber ni un atisbo de copamiento de puestos ni de la corrupción que marcó la administración de su padre, Alberto Fujimori. Tampoco debe repetirse la figura de un Vladimiro Montesinos en las sombras, porque eso sería lo peor que le podría ocurrir a ella, a su partido y al Perú. El país atraviesa una crisis política e institucional terrible y lo que haga durante su mandato será crucial para el futuro de la patria.

EL ANTIFUJIMORISMO. Es triste, pero en el Perú hay mucha gente que ha convertido el odio al fujimorismo en un negocio y, más aún, en un modo de vida. No pueden hilvanar una frase o escribir unas líneas sin mencionar el apellido Fujimori, al que culpan hasta del Fenómeno El Niño. No defiendo al fujimorismo —con el que siempre hemos sido críticos en este periódico—, pero es innegable que ese encono ha puesto al país al filo del precipicio en los últimos años. Por esa virulencia, muchos han optado felices por opciones radicales que son una grave amenaza para el país y que incluso llevan en sus filas a gente de Sendero Luminoso. Esos odiadores, encima, se autodenominan ‘dignos’. El odio jamás podrá ser un buen consejero.

La violencia delincuencial se ha desbordado en los últimos años al punto de que cada día balean a buses con pasajeros. En un país viable eso no es normal y no podemos acostumbrarnos. Para derrotar a esas lacras se debe crear un comando especial; si es necesario, hay que buscar la ayuda de Estados Unidos. Lo que sea con tal de evitar que esas alimañas sigan matando a más peruanos trabajadores, porque la vida de cada persona de bien vale tanto que cualquier esfuerzo es poco. También urge fomentar la inversión y lograr un crecimiento económico que cree más puestos de trabajo formales para reducir la pobreza y el hambre. Otra tarea urgente es la lucha contra la sanguinaria minería ilegal. Apago el televisor.

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