La expansión de la corriente de derecha en los regímenes de América Latina debe ser una referencia para el gobierno de Keiko Fujimori, pero con cuidado: cada país enfrenta un escenario distinto y detrás de cada ganador hay una historia, un perfil y un contexto que exigen singularidad. Por eso, es inevitable señalar que el ultraderechismo del colombiano Abelardo de la Spriella —a quien llaman “El Tigre”— debería ser un referente del que Fujimori tendría que marcar distancia. De la Spriella ha ofrecido “destripar a la izquierda”, ha dicho que enviará a la cárcel a su contrincante electoral Iván Cepeda y que extraditará a Estados Unidos a Gustavo Petro. “Yo vine a enfrentarlos, a castigarlos, a derrotarlos”, ha aseverado.
Una postura similar en el Perú sería suicida, según Cohello. “Sería prender la mecha de una confrontación que apuntaría al caos y la ingobernabilidad que son, precisamente, los escenarios que busca la izquierda”. La izquierda derrotada quiere muertos, disparos, policías desalmados, militares inmisericordes y represión total; los buscará en cada marcha de protesta o “Toma de Lima”. Ante eso, la inteligencia debe primar: encerrar a esa izquierda en su radicalismo y exponerla ante la sociedad sobre sus estrategias y trampas, sus miserias y contradicciones, sus falsos valores y su endeble moral. “No han demorado mucho, ya lo hace Roberto Sánchez al negarse a reconocer los resultados”, agrega.
Los herederos del sombrerismo ya están unidos a Antauro, los mineros ilegales, el Fenatep y el Movadef. Con ellos, una izquierda resentida y llorona acomoda las piezas para su jaque permanente. “A tener cuidado: Una movida en falso sería fatal para el tablero de la democracia”, concluye el columnista en Diario Correo.
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