Hay héroes que transforman a su ejército, y otros que libran la batalla completamente solos. Cristiano Ronaldo pertenece al segundo grupo. Lleva más de 20 años intentando convencer a Portugal de jugar como Cristiano Ronaldo, y Portugal lleva el mismo tiempo negándose. Esa es la paradoja que define su carrera internacional: quizá el futbolista más obsesionado con imponer su voluntad nunca logró imponer una identidad futbolística a su selección.

El gol de ayer frente a Uzbekistán lo convirtió en el primer futbolista en marcar en seis Copas del Mundo, un récord gigantesco. Pero la cifra no es suficiente para entender la relevancia de esta marca. Los récords suelen ordenar la historia; difícilmente la interpretan. Y este récord, en particular, no certifica que Portugal haya dependido siempre de él. Consigna, más bien, que él aprendió a sobrevivir incluso cuando Portugal dejó de reposar en su grandeza.

Mientras Messi terminó encontrando una Argentina que respira a su mismo ritmo, y Mbappé hereda una Francia diseñada para potenciar su calidad, Portugal jamás terminó pareciéndose a su capitán. Ni en los años de mayor esplendor, ni ahora. Pasaron entrenadores, sistemas, generaciones y compañeros. Cambió el propio Cristiano: de extremo indescifrable pasó a depredador del área. Perdió velocidad, ganó oportunismo. Se reinventó todas las veces que hizo falta, pero nunca consiguió que su selección hablara exactamente su idioma.

Sin embargo, en cada Mundial vuelve a encontrar la manera de colarse en la conversación. Como si el tiempo negociara con él condiciones particulares. Cuando parece que ya no puede dominar los partidos, aparece dominando la estadística. Cuando deja de intimidar desde el desequilibrio, intimida desde la persistencia. Cristiano ya no necesita ser el mejor jugador del partido para convertirse en su protagonista. Eso es admirable, pero también tremendamente irónico.

Quizá esa sea la diferencia más sutil entre las grandes estrellas de esta era. Messi encontró un equipo que terminó pareciéndose a Messi. Cristiano encontró una forma de seguir haciendo historia sin que Portugal se pareciera nunca a Cristiano.

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