Mi amigo, el fotógrafo Gary, llegó al restaurante por un seco de carne con frejoles y arrocito. Para tomar pidió una jarrita de anís. “María, la delincuencia ya no cree ni en lugares sagrados”, me dijo, y soltó una indignada reflexión que empezó con un hecho concreto: el lunes, pistoleros asaltaron y balearon a un cambista en la iglesia de La Merced, en el Cercado de Lima. Lo más alucinante, según él, es que uno de los delincuentes, con arma en mano, se dio el lujo de caminar cuatro cuadras buscando que sus compinches lo recojan, sin que los serenos y policías pudieran reducirlo.

Ese hampón, quien tiene diez ingresos a penales, pudo matar al chofer de un vehículo, a un agente del serenazgo y al mismo policía que lo tumbó al suelo. “Es que ahora los efectivos tienen miedo de disparar a un ratero, por más peligroso que este sea, pues los fiscales buscarán meterlo a la cárcel y lo perseguirán varios años. Así estamos. Si no se cambia esta justicia, seguiremos perdiendo la guerra contra el hampa”, agregó. En ese mismo tono, mencionó otro caso: “Hace unos días, un sujeto masacró a golpes a un barbero porque no le gustó el corte que le hizo, fue detenido pero a las horas lo liberaron. Incluso se dio el lujo de amenazar a los padres de la víctima”.

“Es el mundo al revés”, sentenció. Para Gary, la solución es clara: “El nuevo Gobierno tiene que empoderar a la Policía. Que sepulten para siempre las leyes ‘progres’, que consideran que un ladrón avezado es igual a las personas honestas y que lo debemos tratar con guantes de seda”. Puso como ejemplo a Estados Unidos: “Walter Trujillo, el delincuente marca que baleó al cambista, hubiera sido abatido en un santiamén porque era un peligro para la ciudadanía que se pasee con pistola en mano a solo unas cuadras de Palacio de Gobierno. Al hampa no se le puede dar ningún respiro”. Su diagnóstico es que “las leyes benignas que legisladores y jueces pusilánimes han creado han hecho que los criminales no tengan miedo de la autoridad. Saben que hagan lo que hagan será difícil que los metan presos y, si sucede, en la cárcel estarán poco tiempo y mientras tanto desde allí seguirán moviendo los hilos de sus bandas delictivas”.

“Solo así venceremos a este terrorismo urbano”, sostiene, y agrega que, para lograrlo, los hampones deben ser encerrados en prisiones de máxima seguridad, sin visitas ni contacto con otros delincuentes. “Me voy, cuídense”, concluye.

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