Economista del IEP y exministra de Desarrollo e Inclusión Social
El progreso de la inclusión financiera a nivel mundial es innegable en el mediano plazo, aunque su ritmo se ha desacelerado. Así lo revela la última edición del Global Findex, que cada tres años mide este indicador en 148 países y cuyos resultados para 2024 se dieron a conocer hace pocas semanas. Entre 2011, cuando se realizó la primera medición, y el año pasado, la proporción de adultos con al menos una cuenta en el sistema financiero saltó de 51% a 79%. Sin embargo, el avance entre 2021 y 2024 ha sido más lento que en periodos anteriores, algo esperable según los analistas: a medida que más personas se incorporan al sistema, resulta más difícil mantener el mismo ritmo de expansión.
El uso de servicios también creció, aunque con marcadas diferencias regionales y por producto. Las cuentas de dinero móvil son el ejemplo más notable: en 2014 apenas el 2% de los adultos poseía una; para 2024 la cifra llegó al 15%. Esta expansión ha complementado y potenciado el uso de cuentas tradicionales y otros servicios financieros.
América Latina y el Caribe registraron avances significativos. En acceso, la región pasó de un 39% de adultos con cuenta en 2011 a un 70% en 2024, con países como Brasil, Argentina, Chile y Venezuela superando el 80%. En cuanto al uso, el ahorro formal se triplicó: del 10% al 29% en el mismo período. El crédito formal, en cambio, tuvo un crecimiento modesto (de 25% a 27%), mientras que el crédito fuera del sistema fue más dinámico. Los pagos digitales dieron un salto importante: el uso de cuentas para pagar servicios subió de 10% en 2014 a 35% en 2024. Pese a estos logros, persisten brechas de género, urbano-rurales y socioeconómicas en la mayoría de países. No obstante, algunos han mostrado mejoras: Argentina y Ecuador en la brecha de género, y Ecuador y República Dominicana en la inclusión rural.
Entre 2011 y 2024, la proporción de adultos peruanos con al menos una cuenta financiera pasó de 20% a 59%, según el Findex 2024, una cifra que coincide con lo reportado por el INEI. El principal impulsor de este avance fueron las billeteras móviles: las cuentas de dinero móvil pasaron de cero en 2014 a 42% en 2024. Ese crecimiento, junto con la mayor conectividad, también aceleró los pagos digitales: el porcentaje de adultos que envía o recibe pagos por internet o celular saltó de 23% en 2014 a 52% en 2024. Hoy, un 5% declara haber solicitado un crédito digital, y buena parte del incremento en el ahorro formal proviene de quienes guardan dinero en sus billeteras electrónicas: un 25% afirma hacerlo.
A pesar de estos logros, la inclusión financiera aún no es un verdadero motor de resiliencia y prosperidad. La tenencia de créditos ha crecido, pero el sistema financiero no ha captado ese aumento. En 2024, el 47% de peruanos señaló haber tenido un crédito, pero menos de la mitad lo obtuvo en el sistema formal. Frente a una urgencia que requiera dinero en los próximos 30 días, solo 15% recurriría a sus ahorros y 7% a un préstamo; la mayoría preferiría pedir ayuda a familiares o amigos, trabajar más o vender algún activo.
Detrás de estas cifras persisten barreras estructurales. El 70% de quienes no tienen una cuenta considera que los servicios financieros son muy costosos y un tercio afirma desconfiar del sistema. Esto muestra que no basta con abrir canales: se requiere que los servicios sean percibidos como útiles, accesibles y confiables.
El Perú ha experimentado un cambio notable en poco más de una década, impulsado sobre todo por lo digital, pero convertir ese progreso en bienestar real requiere innovación, cercanía y una transformación en la relación entre los ciudadanos y el sistema financiero. Para consolidar la inclusión financiera como herramienta de desarrollo, el país debe aprovechar dos grandes oportunidades: lo digital —aún el 44% de los adultos tiene celular pero no una billetera electrónica— y la red de agentes, que ha llevado servicios financieros a comunidades sin sucursales.
El desafío actual es doble: por un lado, seguir innovando en productos, servicios y canales de atención para ampliar el alcance y la pertinencia de la oferta; por otro, fortalecer las capacidades digitales y financieras de los ciudadanos para que usen estas herramientas de manera efectiva. Todo esto debe ir acompañado de un esfuerzo por mejorar la confianza, ya que mientras las personas perciban el sistema como caro o poco confiable, la inclusión no alcanzará su pleno potencial. Solo así la inclusión dejará de ser una cifra en las encuestas y se convertirá en un verdadero instrumento de desarrollo.
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