El domingo pasado, los colombianos tomaron lo que el columnista Iván Slocovich Pardo califica como “su mejor decisión en las últimas décadas”: darle la espalda a la izquierda en las urnas y elegir como próximo presidente a Abelardo de la Espriella, apodado “El tigre”. Con este resultado, se cierra la posibilidad de que el actual mandatario, el exguerrillero Gustavo Petro, continúe por cuatro años más con su “legado”, al que el autor describe como “nefasto” y propio de un “verdadero impresentable” que es “enemigo declarado de la democracia, la legalidad y la soberanía del Perú”.

De la Espriella triunfó por estrecho margen, pero su principal rival no fue tanto el izquierdista Iván Cepeda sino el propio presidente Petro, quien –según la columna– violó la neutralidad que la ley colombiana exige a un jefe de Estado al hacer “abierto proselitismo” en favor de su “delfín”. Incluso al momento de votar, Petro mostró su cédula de sufragio a las cámaras para que todos vieran por quién había optado, una acción que el texto califica de “una vergüenza”.

Slocovich recuerda que Petro es un gran defensor de las dictaduras regionales, un “chavista y castrista hasta la vergüenza”, y un escudero de Pedro Castillo, a quien considera una “víctima” de la derecha y los “grupos de poder”. Además, cuando la Policía Nacional del Perú actuaba contra los desmanes tras la detención del profesor golpista, Petro comparó a nuestros agentes con el ejército de la Alemania nazi. El columnista se pregunta si el mandatario colombiano estaba bajo efecto de alguna sustancia “extraña” al hacer esa declaración.

El triunfo de De la Espriella es inobjetable, según Slocovich, y con él “nuevos y limpios vientos comienzan a soplar en el vecino país”, una gran noticia para toda la región. Sin embargo, la izquierda antidemocrática encabezada por Petro, tal como lo hacen sus “compañeros de ruta” en el Perú, está tratando de desconocer los resultados electorales que dan como ganador a su rival y cuestionando el voto en países del exterior. Este antiguo pistolero de las guerrillas criminales que aún desangran a Colombia fue quien “denunció” que el Perú ocupaba ilegalmente unas islas en Loreto y luego metió un avión de combate en nuestro territorio, una provocación absurda que pudo tener consecuencias terribles. Lo bueno es que ya se va a su casa para siempre, y Lima y Bogotá podrán restablecer las buenas relaciones diplomáticas que siempre han mantenido.

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